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viernes, 9 de julio de 2010

Asesina de sueños 02




Puedo leer en sus almas. Nadie ha lamentado la muerte de la pobre Annie. No falta quien piensa que en verdad se lo merecía. No entiendo como todas se duelen de “un final triste” porque sus galanes favoritos murieron o porque ninguno de ellos queda al final con la protagonista, y nadie lamenta que encuentre gusto en eliminar un personaje que ustedes consideran no fundamental, irrelevante, o un estorbo para sus propios planes. ¡Y así se dicen buenas! ¿Acaso creen que solo las vidas de sus predilectos valen la pena? ¿Piensan que algunos seres por haber mostrado abiertamente sus vicios o debilidades, deben ser los primeros en morir?

Está bien, hoy me dedicaré a complacerles.


El capítulo de hoy se titula: Muerte en el desierto lejano.


Solo unos pocos días han transcurrido desde esa nefasta fiesta, cuando Annie, la mejor amiga de Candy durante su infancia en el hogar de Pony, falleció en ese horrible accidente. El mayor sufrimiento de Candy consistía en que su amistad se había roto a partir de que Annie logró ser adoptada por una familia rica, y nunca logró recuperarla. Sin embargo, recordaba el último grito de Annie al salir desbocado su caballo, ese grito en que la llamaba a ella, a Candy, y ese recuerdo la hacía pensar, quien sabe si adivinando o solamente ilusionada, en que Annie la llamaba porque confiaba en ella, y porque, a pesar de todo, nunca dejó de ser su mejor amiga, su hermana.


Solo unos pocos días han transcurrido, y sin embargo cuantos eventos han ocurrido, que parecería que Annie ya es meramente el recuerdo de un tiempo lejano.

Candy intentó desesperadamente, en su dolor, huir de Sunville, la mansión de los Leegan, hacia el hogar de Pony, y se embarcó en un pequeño bote junto al río, el cual, para su mala suerte, la llevó directo a una cascada, donde casi muere ahogada, si no hubiera contado con el auxilio de un hombre en ese momento. Candy fue asistida y albergada por Albert, mientras los chicos Andley la buscaban desesperadamente.


Y mientras esto ocurría, los Leegan decidían enviar a Candy lo más lejos posible de ellos, sin importarles su suerte. La señora Leegan decidía enviar a Candy a México.

Con todo el dolor de su alma, al enterarse, Candy aceptó su destino y se despidió de los chicos, deseando todos poder hacer algo más para protegerla, mientras Neal y Elisa se regodeaban en su victoria.

Una mañana, mucho más temprano de la hora habitual en la que Candy solía despertar, alguien llamó al establo como si fuera la puerta de una habitación ordinaria.

-Despierta Candy- dijo la señora Leegan desde la puerta con voz urgente- alguien ha venido a llevarte.

-¿Qué?- dijo Candy despertando abruptamente.- Ha llegado…pero pensé que sería en la tarde- se dijo en voz baja. La niña se levantó y alistó con prontitud, no por desear irse, como por estar resignada a ello. Lo mejor sería obedecer a los Leegan por última vez y partir a lo que de ahora en adelante sería su nueva vida.

En pocos minutos Candy salió del establo abrigada, cargando su pequeña maleta y sosteniendo en una mano la maceta con la Dulce Candy que Anthony le había obsequiado y los inventos de Stear, los únicos recuerdos que podría conservar de esos días de felicidad con sus queridos amigos.

-Disculpe si la desperté temprano-, le dijo un hombre moreno y regordete, de mirada torva, sarape y sombrero ancho caminando hacia ella entre la niebla matutina- pero llegué antes de lo planeado.

-No importa señor García- intervino la señora Leegan con el mismo apuro en su voz- es mejor así. Esta niña se llama Candy- en verdad que su voz era el reflejo del deseo que tenía de salir de la rubia de una vez por todas.

“Aún está oscuro” pensaba Candy “nunca pensé que me iría tan pronto”.

-Adiós Candy- se escuchó feliz la voz de Elisa.

-No regreses nunca- completó Neal.

Era evidente que los hermanos estaban disfrutando más que ninguna de sus trastadas la partida de Candy.

-¡Esta niña es muy flaca!- comentó con reproche el hombre mientras Candy subía a su carreta- ¡te haremos engordar y crecerás fuerte!

Candy no dijo nada. En realidad no tenía nada que decir, ya se había despedido de todos los empleados de la casa, quienes con dolor la veían partir ahora en la madrugada. Iba adormecida por la hora, aturdida por el hecho de que su vida no dependía de sus decisiones, y dolorida por no poder ver por última vez a Albert, el hombre que la salvó de morir ahogada, a Archie, Stear y Anthony, sus amigos y defensores.

Y ella no lo supo, pero apenas unos minutos después que partió de Sunville, Archie, Stear y Anthony llegaron a toda velocidad, intentando aún una forma de evitar su partida, solo para encontrarse con los triunfales hermanos Leegan celebrando la partida de Candy. En vano los chicos trataron de alcanzarla, pero erraron el camino, y al fin, dándose por vencidos, decidieron tocar al viento una melodía con sus gaitas, como despedida para Candy.

“Sonido de gaitas” pensó Candy de repente percibiendo la melodía en el ambiente “¿De dónde viene esa música?... Anthony… Stear… Archie” y al pensar en ellos, se ponía de pie peligrosamente en la carreta.

-¡Hey!¡No te pares o te caerás!- se escuchó de pronto el grito del señor García, cortando el hilo melancólico de los pensamientos de Candy. La chica se sentó llorando en silencio, abrazando fuertemente sus pertenencias.


-Coloca tus cosas en la parte de atrás- le ordenó el hombre nuevamente- y date prisa.


-Ahora mismo- contestó Candy con resignación.

Al volver la vista y descubrir la carreta para acomodar sus objetos, descubrió con sorpresa que no viajaban solos, sino que una familia entera ocupaba la parte trasera de la carreta. Este descubrimiento no pareció agradarle al señor García, que inmediatamente le gritó a Candy que volviera a su lugar.

-¿Quiénes son esas personas?- se atrevió a preguntar Candy.


-Fueron contratados para trabajar en la misma granja- contestó el hombre con un gesto de hastío, que la niña entendió que no debía preguntar más.

Muchas horas transcurrieron de viaje, hasta que se hizo de noche y pararon en un lugar solitario a descansar. Candy contemplaba absorta a la familia, como correteaban los pequeños mientras la madre atendía a un bebé, y se perdía en sus propios recuerdos de su infancia: pensaba en la señorita Pony y la Hermana María, y en los niños del hogar de Pony que habían sido como sus hermanos… y volvía a llorar pensando en Annie.

De pronto, un fuerte ruido de pisadas tambaleantes detrás de ella interrumpió sus pensamientos, y Candy volteó asustada al sentir una mano sobre su hombro. Se trataba de el señor García, quien con una mano sostenía una botella, y con la otra apretaba su hombro con un gesto de malicia en el rostro.

-Pero… si eres una niña muy bonita, ¿verdad?- le dijo sin soltarla, arrastrando las palabras.


-Está usted ebrio- dijo Candy asustada, tratando de quitarse su mano de encima.


-Sí… y tú me acompañarás… ¡Acércate y bebe!- y al decir esto, jalaba más a Candy hacia él tratando de obligarla a beber de la botella.


-¡No, gracias, no quiero!- gritó Candy al tiempo que trataba de quitarse sus manos de encima.


-¡Te digo que bebas!- ordenó fuerte el señor García.


-¡No!- gritaba Candy con miedo-¡Por favor ayúdenme!


-¡¡Aaaaay!!- gritó con dolor el señor García, y de repente soltó a Candy- ¿Quién ha sido?- dijo volteando a su alrededor.


-Yo he sido- declaró un niño de menos de siete años. Al pequeño le había molestado ver como estaba tratando el hombre a Candy, y su instinto lo hizo defenderla. Sin embargo, se estaba enfrentando a un hombre adulto y ebrio, que con coraje lo tomó de la cabeza y lo arrojó contra el suelo.


-¡Noooo! ¡mamá, papá!- grito una niña pequeña al ver como el señor García había arrojado a su hermano dejándolo inconsciente inmediatamente.

Nadie había estado ajeno a la escena, pero todo sucedió tan rápido, que la intervención de los padres fue tardía. Ambos corrieron de inmediato, la mamá a revisar a su hijo, mientras el padre, con coraje, tumbaba de un puñetazo al señor García. El viejo ebrio y gordo sin embargo era de reflejos rápidos, y al caer, de sus ropas sacó una pistola, con la cual le disparó al hombre. Después del fuerte fogonazo, se hizo un repentino silencio, mientras todos veían como el hombre se desplomaba en el suelo.


Sin que nadie lo notara, Candy tomó la botella del suelo que había caído de mano del señor García y rodado a sus espaldas, y sin pensarlo, golpeó su cabeza con ella, dejándolo inconsciente en el acto. La esposa del hombre, enceguecida de coraje, no se conformó con verlo tirado en el suelo, y se acercó a él con paso furioso, arrebatándole la pistola y disparándole a quemaropa hasta descargar el arma.

En la oscuridad de la noche, se distinguían los tres bultos en el suelo, de dos hombres y un pequeño, igual de inmóviles los tres, que costaba trabajo decir en ese momento si alguno de ellos estaba con vida. Los niños lloraban, y Candy estaba inmóvil, en una escena tan aturdidora, que nadie notó como de repente un hombre aparecía de la nada y sujetaba con fuerza a Candy, y a una velocidad impresionante se la llevó hasta un auto que esperaba en marcha a pocos metros de ahí.

Continuará…

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1 comments:

lilyflor dijo...

Ay que final mas sorpresivo, bueno en fin, el señor Garcia, termino siendo no tan malo en la serie, es decir si era pero Candy lo ablando un poco, que hasta parecía estar preocupado cuando se la llevaron a Candy. Aunque fue algo raro que el regresa a lakewook a dar explicaciones, y otra cosa lo rápido que se supone que llega cuando se supone que ya iban lejos... iban en yellow stone o algo así, eso queda lejísimos de Chicago. En fin muy bueno, Perla me va gustando, haber quien le toca la semana que viene.

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