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domingo, 19 de diciembre de 2010

Leyendas de Hadas




Sueño de una noche de Verano
Adaptación de E. Nesbit




Hermia y Lisandro estaban enamorados, pero el padre de Hermia quería casarla con otro hombre, un joven llamado Demetrio.

En aquel entonces, en Atenas, donde ellos vivían, existía una terrible ley que decía que cualquier muchacha que se negara a casarse con quien su padre le indicara, podría ser condenada a muerte. El padre de Hermia estaba tan enfadado con ella por negarse a hacer lo que él quería, que la llevó ante el duque de Atenas para pedir que la condenaran a muerte, pero aun así la joven se negó a obedecerle. El duque le dio cuatro días para pensarlo bien y, sin al cabo de ese tiempo seguía negándose a casarse con Demetrio, tendría que morir.

Lisandro, por supuesto estaba casi loco de pena; se le ocurrió que lo mejor que podrían hacer era que Hermia escapara a la casa de su tía, un lugar lo bastante lejano para estar fuera del alcance de aquella cruel ley. Ahí, el iría a buscarla y se casaría con ella. Sin embargo, antes de partir, Hermia le contó sus planes a su amiga Helena.

Helena había sido novia de Demetrio mucho antes de que se pensara en el matrimonio del joven con Hermia, pero, como toda la gente celosa, Helena era muy tonta. No se daba cuenta de que no era culpa de la pobre Hermia que Demetrio quisiera casarse con ella, y no con su antiguo amor, Helena. Sabía que si le decía a Demetrio que Hermia iba a escaparse al bosque, lejos de A tenas, él la seguiría. “Y yo lo seguiré a él, y así al menos podré verlo”, pensó para sí Helena. Entonces fue a ver a Demetrio y traicionó a su amiga al contarle su secreto.

Ahora bien, aquel bosque donde Lisandro iba a reunirse con Hermia y adonde los otros dos habían decidido seguirlos, estaba lleno de hadas, como la mayoría de los bosques, si uno tiene ojos para verlas. Y en este bosque, aquella noche, se encontraban el rey y la reina de las hadas, Oberón y Titania. Las hadas son gente muy sabia, pero de vez en cuando, pueden comportarse tontamente, igual que los mortales. O berón y Titania, que podrían haber sido la pareja más feliz del mundo, habían hecho a un lado toda su dicha por una tonta pelea. Desde entonces, siempre que se encontraban decía cosas desagradables y se insultaban de manera tan terrible que todos sus pequeños seguidores se ocultaban, atemorizados, en las copas de los avellanos del bosque.

Así pues, en lugar de tener una corte feliz, con bailes toda la noche a la luz de la luna, como suelen hace las hadas, el rey y su séquito se paseaban por una parte del bosque, mientras que la reina se ocupaba de sus asuntos en otra. Y la cusa de todos estos problemas era un pequeño niño indio al que Titania había tomado como parte de su séquito. Oberón quería que el niño lo siguiera a él y se convirtiera en uno de los caballeros del mundo de las hadas, pero la reina no quería dárselo. Aquella noche en particular, en un claro cubierto de musgo e iluminado por la luz de la luna, se encontraron el rey y la reina de las hadas.



- A la luz de la luna te encuentro, orgullosa Titania – dijo el rey.

- ¡Ah! ¿Celoso, Oberón? – respondió la reina -. Todo lo echas a perder con tus peleas. Vamos, hadas, marchémonos de aquí. Ya no tengo nada que ver con él.

- Eres tú la que no deja de pelear – objetó el rey -. Dame el pequeño niño indio y nuevamente seré tu amante y humilde servidor.

- No pierdas el tiempo rogándome – respondió la reina-. No te daría este niño ni aunque me ofrecieras tu mágico reino, todo entero. Hadas vámonos.

Y así, junto con todo su séquito, se alejaron montados en rayos de luna.

- Sea como quieras – dijo el rey -, pero me vengaré de ti antes de que puedas abandonar este bosque.

Entonces Oberón llamó a su duende favorito, el pícaro Robin. Robin era el espíritu mismo de las travesuras. Solía colarse en las lecherías para robarse la crema y se ocultaba en las mantequilleras para que no funcionaran; le encantaba agriar la cerveza y hacer que la gente se perdiera en las noches oscuras, para luego reírse de ella; movía las sillas cuando las personas iban a sentarse y les empujaba en la cara los tarros con bebidas calientes cuando iban a beber de ellos.

- Robin – le dijo Oberón a este pequeño duende -. Tráeme la flor que se llama “Suspiro”. El jugo de esa pequeña flor morada, cuando se pone en los ojos de los que duermen, hace que al despertar se enamoren del primer ser vivo que vean. Pondré algunas gotas del jugo de esa flor en los ojos de mi Titania, y cuando despierte, se enamorará de lo primero que vea, ya sea un león, un oso, un lobo, un toro, un chango latoso o un mono travieso.

Mientras Robin iba a cumplir con el encargo de Oberón, Demetrio pasó por aquel claro del bosque, seguido de la pobre Helena, que le decía cuánto lo amaba y le recordaba todas sus promesas; pero él le respondió que ya no la quería, que nunca podría amarla y que sus promesas no significaban nada. Oberón sintió pena por la pobre Helena, así que cuando Robin volvió con la flor, le ordenó que siguiera a Demetrio y pusiera un poco del jugo en sus ojos, para que, al despertar, se enamorara de Helena tanto como ella lo amaba a él. Robin se marchó por el bosque en busca de Demetrio, pero al que encontró fue a Lisandro; le puso en los ojos el jugo de la flor, pero cuando Lisandro despertó, a la primera que vio no fue a Hermia, sino a Helena, que vagaba por el bosque en busca del cruel Demetrio. En cuanto la vio, se enamoró de ella y así el hechizo de la flor lo hizo abandonar a Hermia para seguir a Helena.

Cuando Hermia despertó, se encontró con que Lisandro ya no estaba y vagó por el bosque tratando de encontrarlo. Robin volvió con Oberón para contarle lo que había hecho y pronto, Oberón descubrió que Robin había cometido un error. Oberón fue en busca de Demetrio y cuando lo encontró, le puso unas gotas del jugo en los ojos. Lo primero que Demetrio vio al despertar fue a Helena. Así que ahora, tanto Lisandro como Demetrio seguían a Helena por el bosque, y era el turno de Hermia de seguir a su amor, como Helena lo había hecho antes. La cuestión es que Helena y Hermia comenzaron a discutir y Demetrio y Lisandro empezaron a pelear. Oberón se apenó mucho al ver que sus buenas intenciones de ayudar a aquellos enamorados habían terminado mal, por lo que le dijo a Robin:



- Estos dos jóvenes van a pelear. Debes envolver la noche en un manto de niebla y separarlos de tal modo que ninguno encuentre al otro. Cuando se cansen, se dormirán. Entonces pon en los ojos de Lisandro el jugo de estas otras hierbas. Así se le pasará el efecto de la flor y volverá su amor por Hermia. De esta forma, cada hombre tendrá a la mujer le ama y todos pensarán que esto fue sólo un sueño de una noche de verano y todo estará bien entre ellos.

Robin fue a hace rlo que le ordenaron y cuando los dos combatientes se quedaron dormidos sin haber podido encontrarse, Robin puso las gotas de las hierbas en los ojos de Lisandro y dijo:

“Al despertar, con fascinación
Los ojos de Hermia encontrarás:
Renacerá la antigua emoción
Y como nunca la adorarás”

Mientras tanto, Oberón encontró a Titania dormida en un campo donde crecía tomillo silvestre, prímulas y violetas, madreselvas, rosas del bosque y escaramujos. Ahí, Titania dormía siempre parte de la noche, envuelta en una piel de serpiente esmaltada. Oberón se inclinó sobre ella y le puso el jugo de la flor en los ojos, al tiempo que decía:

“Cuando abras los ojos, despertarás
Y lo primero que veas por tu amor tomarás”

Resulto que lo primero que Titania vio al despertar fue a un tonto payaso que era parte de un grupo de actores que habían ido al bosque a ensayar una obra. Este payaso se había encontrado con Robbin, que le había puesto la cabeza de un burro sobre sus hombros, de modo que pareciera que era la suya. En cuanto Titania despertó y vio a ese espantoso monstruo dijo:



- ¿Qué ángel es este? ¿Eres tan sabio como hermoso?

- Me basta con ser lo bastante sabio para encontrar el camino y marcharme de este bosque - respondió el tonto payaso.

- No quieras marcharte del bosque – le dijo Titania.

Estaba por completo bajo el hecho de amor de la flor, por lo que a ella le parecía la criatura más hermosa del mundo.

- Te amo – le dijo -. Ven conmigo y haré que las hadas te atiendas.

Llamó a cuatro hadas, que se llamaban Flordeguisante, Telaraña, Polilla y Mostaza

- Deben de atender a este caballero –les dijo la reina -. Aliméntenlo con albaricoques y frambuesas, uvas moradas, verdes higos y moras. Roben el saco de miel a los abejorros y con las alas de coloridas mariposas abaniquen los rayos de luna de sus cansados ojos.

- Así lo haré – respondió una de las hadas, y las demás dijeron lo mismo

- Ahora – siéntate conmigo – le dijo la reina al payaso – y déjame acariciar tus queridas mejillas, poner rosas en tu delicada y suave cabeza y besar tus hermosas y largas orejas, mi dulce alegría.

- ¿Dónde está Flordeguisante? – preguntó el payaso con la cabeza de burro. No le interesaba mucho el amor de la reina, pero estaba muy orgulloso de tener hadas que le atendieran.

- Aquí – dijo Flordeguisante.

- Ráscame la cabeza, Flordeguisante – le dijo el payaso -. ¿Dónde está Telaraña?

- Aquí – respondió Telaraña.

- Mátame al abejorro rojo que está sobre aquel cardo de allá – le dijo el payaso – y tráeme su bolsa de miel. ¿Dónde está Mostaza?

- Aquí – dijo Mostaza.

- ¡Oh! No quiero nada – dijo el payaso -, sólo ayúdale a Flordeguisante a rascarme- Tengo que ir al barbero porque creo que estoy sumamente peludo de la cara.

- ¿Quieres algo de comer? – le preguntó la reina de las hadas.

- Me gustaría un poco de avena seca – respondió el payaso, porque al tener puesta la cabeza de burro le había entrado el antojo de comida de burro – y luego un poco de paja.

- ¿Quieres que alguna de mis hadas te traiga nueces nuevas de la casa de las ardillas? – le preguntó la reina.

- Preferiría un puñado o dos de buenos guisantes secos – aseguró el Payaso -. Pero, por favor , no dejes que tus súbditos me molesten porque voy a dormir.

- Y yo velaré tu sueño teniéndote entre mis brazos – declaró la reina.

Así, cuando Oberón llegó, encontró a su hermosa reina dando besos y alabanzas a un payaso con cabeza de un burro. Antes de liberarla del encantamiento, la convenció de darle al niño indio por el que se peleaban. Luego se apiadó de ella y le arrojó a los ojos un poco del jugo de las hierbas del desencanto; en ese instante, la reina vio con claridad al payaso con cabeza de burro al que había estado acariciando y se dio cuenta de lo tonta que había sido.

Oberón le quitó al payaso la cabeza del burro y lo dejó seguir durmiendo con su propia y tonta cabeza entre el tomillo y las violetas.

Así , todo volvió a la normalidad. Oberón y Titania se amaban más que nunca. Demetrio sólo pensaba en Helena y Helena nunca había querido a nadie más que a él.

En cuanto a Hermia y Lisandro, eran la pareja más enamorada de la comarca, incluido el bosque de las hadas.

Así, los cuatro mortales volvieron a Atenas y se casaron. Y hasta la fecha, en el bosque de las hadas, el rey y la reina siguen viviendo juntos y felices.

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