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lunes, 19 de diciembre de 2011

Historias de Amor






Historias de amor.
La Valkyria y el guerrero.


Hemos escuchado hablar sobre las Valkyrias y la leyenda del anillo de los nibelungos, pero poco se conoce acerca de la principal historia de amor que ha quedado encerrada en el corazón del mito nórdico. Una historia de amor marcada por el destino trágico de un anillo.

Brunilda era una valkyria, la hija predilecta de Odín, un día bajó a la tierra con sus hermanas para descansar y se quitaron toda la ropa que las protegía. Por ahí pasaba el rey Agnar que cogió el plumaje de Brunilda y lo escondió, así consiguió tenerla a su merced. Agnar la exigió que luchase a su lado contra Hjalmgunnar y que le diera muerte. El muerto era protegido de Odín y en castigo por este crimen pinchó a Brunilda con una aguja mágica que la hizo mortal y la sumió en un sueño profundo, encerrándola después en una mansión rodeada de llamas. Brunilda tendría que llevar siempre una vida humana y casarse con el hombre que pudiera liberarla de esa prisión de llamas.

Haciendo alusión a lo que más tarde se vería como la bella durmiente, Brunilda durmió durante varias épocas de hombres, convirtiéndose en una leyenda entre los pueblos.

Por su parte Siegfried era el héroe nórdico era hijo de Sigmund(Segismundo) y de Hjordis, pertenecía a una familia protegida por el dios Odín.

Sus padres eran hijos de Odín y una humana, eran gemelos y se contaba que se habían enamorado desde el vientre de su madre, un día se separan en el bosque y Sigmund fue incapaz de encontrar a Hjordis quien fue acogida por una familia campesina, mientras que Sigmund se crió como príncipe. Odín para proteger a Hjordis clavó su espada en un tronco, profetizando que quien sacará la espada de allí se convertiría en su esposo.

No obstante los campesinos casaron a Hjordis con un leñador, a pesar de que no pudo sacar la espada, un día Sigmund que paseaba por el bosque se encontró con dicha espada y consiguió sacarla y se quedó con ella, Hjordis se reencontró con Sigmund y compartieron su amor. Cuando apareció el leñador sostuvieron una pelea en donde ambos el leñador y Sigmund perdieron la vida y la espada se rompió en varios pedazos.

Hjordis meses más tarde parió a Siegfried, debilitada por la ausencia de Sigmund a punto de morir le encarga a su hijo a Mime un enano quien deseaba apoderarse del tesoro de los nibelungos. Siegfried aconsejado por Mime logra reconstruir la espada y fue su compañera de victorias. Con ayuda de la espada consiguió matar al dragón Fafnir y bañarse en su sangre para ser inmortal, salvo en una parte en la que se le pegó una hoja de lima, así también consiguió apoderarse del anillo hecho con el oro del Rin y de un casco(o capa) que le hacia invisible.





Siguió por varios lugares aumentado sus proezas convirtiéndose en el héroe del pueblo. Estando en sus andanzas escucha la historia de la bella mujer que dormía desde hacía mucho tiempo y decide ir a buscarla. Dado que se había vuelto invulnerable logra pasar por todos los obstáculos que protegían a Brunilda, Siegfried tan sólo al verla se enamora de la bella valkyria.

Brunilda despierta de su sueño y sabe que el héroe es el escogido por Odín para que sea su esposo, pero tenían que aguardar a ver su imagen como uno sólo en el estanque de su castillo.

Siegfried se sentía demasiado atraído por Brunilda, pero quería seguir los lineamientos puestos por Odín, así que noche a noche ambos miraban su reflejo en el agua y aunque se miraban más cerca el uno del otro, aún no lograban verse como uno solo.






Después de varias lunas, Brunilda completamente enamorada de Siegfried decide ignorar las especificaciones hechas por Odín y se entrega al joven guerrero quien a cambio le otorgó el anillo de los nibelungos como muestra de unión amorosa, ambos disfrutaron durante un tiempo del amor, pero Siegfried comienza a sentir la necesidad de ir en búsqueda de más aventuras, Brunilda le permite ir y Siegfried le promete regresar por ella.

En el camino Siegfried entra a un reino donde comienza a realizar proezas allí Gutrune hermana del rey le dio de beber una copa con un filtro mágico que le hizo olvidar todo su pasado: como forjó la espada mágica con Mime, como obtuvo el anillo de los nibelungos, también olvidó su unión con Brunilda.

Mientras tanto Waltraute, hermana de Brunilda le pide a esta el anillo porque es un peligro para los dioses, ya que sobre el anillo pesaba una maldición, pero ella se niega pues es símbolo de su amor con Sigfrido.

Más tarde Siegfried fue a Worms a pedirle al rey Gunther la mano de su hermana Grimilda de la que estaba enamorado, Gunther fue avisado por un vasallo suyo, Hagen, de quien se trataba aquel joven que pedía la mano de su hermana, al saber Gunther que Siegfried era un héroe legendario, aprovecho la ocasión para un deseo profundo que él conservaba. Gunther le ofreció a Siegfried la mano de Grimilda con una condición: que consiguiera para él la mano de la valkyria Brunilda, muy difícil de conquistar.

Siegfried tomó entonces la apariencia de Gunther gracias a sus poderes y viajo a Islandia, allí Brunilda tras una batalla de la que salió perdedora accedió a casarse con él, ya de nuevo en Worms se celebró una doble boda.

Más tarde Siegfried se vio obligado a tomar de nuevo la apariencia de Gunther para calmar a Brunilda que se había rebelado, ya que una noche no quería acostarse con su marido y en una lucha entre ambos Sigfrido robó a la valkyria el anillo y un cinturón que regaló a su esposa Grimilda.






Diez años después Sigfrido y Grimilda regresaron a la corte de Gunther. En una disputa entre las dos mujeres Grimilda enseñó a Brunilda el anillo y el cinturón que su esposo la había robado, entonces Brunilda se dio cuenta de que Siegfried y Gunther la habían engañado desde el principio, con el orgullo herido y el corazón destrozado decide vengarse y durante una cacería mata a Siegfried a traición ayudada por Hagen.

El anillo una vez muerto nuestro héroe fue devuelto al río para ser protegido por las Hijas del Rin

jueves, 10 de febrero de 2011

Historias de Amor



Isis y Osiris


La mitología egipcia es mucho más complicada que la griega y ha tardado mucho más tiempo en ser descubierta. Los griegos, como los babilónicos y los indios, escribieron sus leyendas y a través de ellas hemos conocido sus mitos. Los egipcios eran menos aficionados a escribir, y los sabios que estudian las inscripciones de los templos, única fuente de la mayoría de las leyendas de este misterioso país, se encuentran ante una gran confusión de nombres, de personajes y de hechos. Es probable que los mismos dioses se conocieran con varios nombres distintos y esto no hace sino aumentar la confusión.

Por otra parte los antiguos egipcios eran mejores pintores y escultores que poetas, y sus leyendas no tienen la belleza temática de las leyendas indias y griegas. Casi todas las leyendas egipcias que se conocen son versiones de otras leyendas griegas más antiguas. Pero en esta escasa mitología legendaria egipcia hay una bonita historia de amor: la de Isis y Osiris. Ella es la diosa de la belleza y él es el dios de la vida. La unión de la belleza y de la vida sólo puede hacerse, en las alturas del mito, a través de un cuento de amor.

Osiris, el protagonista, es la fuerza creadora que da calor a la tierra para que sea fecunda. En este sentido Osiris e Isis son el sol y la tierra. Osiris, en su forma mortal, ha muerto y parece que está enterrado en Abydos, cuna de su leyenda. Isis es la tierra, a quien Osiris hace germinar con su calor, y del amor de ambos nacen todos los seres vivos. En realidad Osiris es el eterno masculino e Isis el eterno femenino, el hombre y la mujer elevados a su pura esencia de tales. Y es natural que no puedan hacer otra cosa que amarse.

En la leyenda egipcia, además de amantes, son hermanos. Parece que esta idea se acomoda muy bien a los principios religiosos de los adoradores del sol, pues ésta es la única forma de que todo tenga un origen común. Isis nos da la medida de la escasa fuerza poética creadora de los egipcios, pues en ella se reúnen todas las atribuciones de las distintas diosas de la mitología griega. Su nacimiento tiene poca historia y sus aventuras son muy escasas.


Isis y Osiris se aman, son esposos felices y así hacen que el amor empiece a reinar entre los hombres, quienes, menos capaces que ellos, se muestran un tanto reacios a un sentimiento tan elevado. Los hombres se quieren poco, cultivan mal la tierra y no saben gozar. Osiris se esfuerza en hacerlos más sentimentales y más entendidos en todo y no se cansa de darles lecciones de agricultura, de poesía y de amor. ¿Qué más se necesita para ser feliz?

Pero Osiris tiene un hermano, malo y envidioso, que se llama Set. Y además de malo es astuto, y está tramando la perdición de Osiris, aunque le trata siempre con fingida amabilidad para que él no sospeche nada. Isis, más desconfiada que su esposo, no pierde de vista al cuñado. Pero Osiris, cuando ella le comunica sus temores, nunca la toma en serio.

Durante una larga ausencia de Osiris, Set se hace construir un cofre en forma de sarcófago, muy ricamente revestido, ofrece un banquete a sus amigos, les enseña el cofre y les dice:

—Lo he construido para vosotros, para uno de vosotros, aquel cuyo cuerpo ocupe todo el espacio libre que hay en el interior del cofre, ni más ni menos.

El cofre tiene incrustadas piedras de mucho valor y todos quieren probar. No se sabe exactamente quiénes son esos invitados. En la mitología egipcia hay pocos dioses y los héroes brillan por su ausencia. Es posible que sean hombres de la nobleza y hasta que entre ellos estuviera el rey. También en esto Egipto es un país sin excesos. Mientras en la leyenda griega hay un rey en cada montaña, en cada isla y en cada ciudad, en la escasa leyenda egipcia suele haber un solo rey para todo el país.

Cuando ya han probado todos, aparece Osiris, que acaba de regresar. Se entera del juego y prueba también. Y ve, con asombro, que su cuerpo ocupa exactamente todo el espacio del interior del cofre. Set ya sabía que esto iba a ocurrir, pues había tomado las medidas de su hermano y había construido el cofre según ellas.

Pero la alegría de Osiris dura muy poco. Set tiene a sus guerreros preparados. Se precipitan sobre el cofre, lo cierran con Osiris dentro y lo arrojan al Nilo.

Isis no asiste al banquete y no se entera de la muerte de su esposo. Le sigue esperando todos los días. Pero pasa el tiempo y el esposo no regresa al hogar. Uno de los que asistieron al banquete le cuenta al fin la verdad y ella empieza una peregrinación por la orilla del mar en busca del cofre que encierra el cuerpo de su esposo. Al fin, después de mucho tiempo, lo encuentra en la costa fenicia. Lo abre y sólo puede convencerse de que Osiris ha muerto. Lo lleva consigo otra vez a Egipto y lo entierra en la arena, en el delta, allí donde el río se confunde con el mar.

Los espías de Set la descubren mientras está abriendo la fosa. En seguida van en busca de su señor. Isis, después de echar sobre la tumba de Osiris la última paletada de tierra, implora a Ra, el dios de los dioses, en favor de su esposo muerto. Pero antes de que sus voces lleguen al cielo, Set ha desenterrado el cuerpo de Osiris y, para evitar que Ra pueda devolverle la vida, lo corta a pedacitos y esparce los trozos por toda la tierra de Egipto.

Cuando Ra se entera de lo ocurrido, dice:

—Quiero ver el cuerpo de Osiris para saber si es cierto que ha muerto. Cuando lo vea, le devolveré la vida.
Isis corre en busca del cuerpo y entonces se entera del segundo crimen de Set. Pero ella ama a Osiris y no desespera. Emprende una segunda larga peregrinación por todo el país y consigue reunir uno a uno todos los pedazos del cuerpo muerto, y reconstruirlo todo. Cuando Ra se entera de lo que ella ha hecho por amor de Osiris, en seguida se lo devuelve vivo y le dice:

—Que vuestro amor sea la bendición de la tierra de Egipto.

Parece que en la leyenda, Osiris, en cumplimiento del destino de los dioses, que no pueden volver a la luz cuando han muerto una vez, funda su reino bajo tierra, en el país hasta entonces reservado a los muertos. Y que encarga su venganza a Horo, el más pequeño de sus hijos. Isis cuida de él en una playa lejana, hasta que el niño se hace lo bastante fuerte para luchar. Y entonces provoca a Set, luchan durante muchas horas, y al fin Horo vence. Pero Set acude a Ra y a los otros dioses, dice que él es el llamado a suceder a su hermano muerto y les pide que lo proclamen así. Los dioses egipcios son lentos y parece que discuten durante ochenta días sin llegar a un acuerdo definitivo.

Entretanto, Isis toma la figura de una pobre mujer y un día se presenta a Set, delante de los otros dioses, y le dice:

—Mi esposo murió y mi hijo heredó los rebaños de su padre. Pero ahora ha llegado un extranjero y nos los quiere quitar. ¿Puedes ayudarme?
—Cuenta con mi ayuda, mujer —dice Set, que no la ha conocido—. Nadie puede arrebatarte los rebaños, pues mientras viva tu hijo sólo a él pertenecen.

Entonces Isis se quita el disfraz y pregunta a los dioses:

—Si un rebaño de un padre sólo pertenece a su hijo, ¿por qué el reino de mi esposo Osiris no ha de pertenecer a mi hijo Horo?

Y los dioses le dan, entonces, la razón. Osiris queda como soberano del reino de los muertos y Horo como soberano de la tierra de los vivos, que es la misma Isis, salvada de un dios maligno, por el amor que la une a otro dios bondadoso.

Set, en la leyenda egipcia, es el principio del mal. Es todo lo contrario de Osiris. Se le representó feo, desagradable, repulsivo, con la piel muy blanca y el cabello rojizo, precisamente porque el tipo puro egipcio era de piel oscura y cabellos negros. Cuando la leyenda de Osiris llegó al pueblo, nació un sentimiento de animosidad contra Set, que fue detestado y odiado. Parece que en una cierta época, acaso en una época de hambre, todas las estatuas de este dios fueron destrozadas y se arrancó su figura de los bajorrelieves antiguos. Los poetas inventan dioses buenos y dioses malos; y el pueblo, que apenas conoce a los poetas, si los dioses son buenos se siente protegido por ellos y les adora, y, si son malos, los teme y los detesta.
El mito de Isis y Osiris, como todos los mitos egipcios, carece de la soberbia limpieza y claridad de los viejos mitos griegos, que parecen todos amasados con sol y con sangre y escritos en el mismo lenguaje vigoroso, fecundo y a veces bárbaro que usan los hombres para entenderse entre sí.

martes, 21 de diciembre de 2010

Historias de Amor







El misterio del anillo y del breviario


Esta leyenda extremeña cuenta una historia sentimental, un tanto enrevesada, de amores y tragedias, en la que un anillo y un breviario tendrán un papel de gran importancia.

Cerca de Badajoz, en la aldea de Telena, allá por el siglo XV, vivía la familia formada por Álvaro Alfón y Ana Gil, servidores que fueron de la ilustre familia de González que les habían dejado esta heredad. Tenían muchos hijos y con ellos convivía una niña, Elvira, que contaba unos siete u ocho años de edad.

Todas las tardes, esta niña, vestida con atavíos de hidalga, recibía las visitas de varias damas linajudas de la ciudad. Isabel Suárez de Figueroa y su hija, Teresa de Aguilar, no faltaban nunca a la cita y con la niña compartían lecturas y labores. También Mencía Goes y su hija, Blanca de Sotomayor, de la misma edad de Elvira, solían frecuentar la heredad de Telena y ambas niñas compartían juegos y aficiones. Otros nobles extremeños, como por ejemplo, Alonso de Aguilar y Constanza Esteban, con su sobrina Constanza Fernández, así como la marquesa de Santillana, cuando se encontraban en Badajoz, acudían a ver a Elvira.

Todos se preguntan quién puede ser esta niña, mimada por las familias más principales, cuyo nombre es el mismo que el de la hermana de la marquesa de Santillana, es ahijada de esta marquesa y que Isabel Suárez contempla con cariño y con nostalgia. Los rumores y las consejas corren de boca en boca y sobre la niña se cuentan mil historias fantásticas. Los nombres de todas estas damas, que con sus amores y desengaños, alegrías y pesares, llenaron las crónicas de la ciudad en la primera mitad del siglo XV, son hoy apenas recordados y sólo se mantienen en la memoria de los amantes de las más vetustas tradiciones.

Por aquel entonces, los próceres de la ciudad levantaron sus casonas y palacios junto al muro almenado que daba al Guadiana. Sobre los dinteles de sus hermosas construcciones campeaban los escudos de sus nobles prosapias. Al lugar se le conoció como el Miradero y en él se reunían los jóvenes de la sociedad noble y burguesa de aquellos tiempos.

Don Gome Suárez de Figueroa, primogénito del primer señor de Feria, levantó la mansión más esplendorosa de Badajoz. Su familia está emparentada con lo más florido de la nobleza extremeña y castellana, y en su nuevo palacio descansa de los ajetreos de la corte, junto a su esposa Elvira Laso de la Vega, hermana a su vez del marqués de Santillana, Iñigo López de Mendoza, que matrimonió con la hermana de Gome, Catalina. La hija menor del señor de Feria, Isabel, se desposó muy joven con Gonzalo Aguilar y Fernández de Córdoba, primogénito del señor de Priego, don Alonso de Aguilar. Las nupcias se celebraron con alegría por ambas partes, pero no iban a dar la felicidad a la joven y dulce Isabel.

De este enlace nacieron dos niños: Alonso y Teresa, pero Gonzalo, el esposo, falleció muy pronto, dejando a Isabel viuda en la flor de la vida y señalando su existencia para siempre con la impronta de la incomprensión y del dolor. El viejo don Alonso, quién sabe por qué, desheredó a los hijos de este matrimonio para que el mayorazgo pasase a su segundo hijo, don Pedro, destinado al estado eclesiástico, al que forzó a contraer matrimonio para continuar su estirpe. Una vez más, la desgracia se cebó en la familia y don Pedro, el segundón, murió en la batalla de Moclín, pasando el mayorazgo al mayor de los hijos de Pedro, obviando a sus nietos, hijos de Alonso.

Isabel, desengañada por la actuación de su suegro, se fue a vivir a Badajoz, junto a Gome y los dos vivieron en el palacio casi siempre solos, con una abundante servidumbre.

Los hijos de Isabel tenían diecinueve años Alonso y diecisiete Teresa. Eran muy hermosos, gentiles y apuestos y su sino desgraciado hacía que todos sintieron por ellos una gran simpatía, siendo siempre los primeros invitados a las fiestas y solemnidades que celebraba la grandeza de la ciudad. Por otro lado, don Gome y su esposa la marquesa, adoran a sus sobrinos a los que consideran como hijos propios.

Una de las mansiones del Miradero, es la del noble Andrés Esteban y su esposa Constanza Fonseca. Tienen tres hijos: Vasco, Isabel y Constanza, que comparten fiestas con su prima Mencía Goes, hija de Ferrand Sánchez de Badajoz y de María Esteban. Las tres jóvenes son amigos inseparables de Leonor Díaz, la heredera de Ferrand Diez y de Catalina González, hija de los González, señores de Telena.

Teresa Aguilar es también íntima de estas jóvenes y en los jardines y salones de los Esteban se reúnen para pasar agradables veladas, en compañía de su hermano Alonso, al que se conoce como el Desheredado, los hermanos de Catalina: Rodrigo, Diego y Juan; Vasco, hermano de Constanza y Álvaro, hermano de Leonor.

Como es natural, en estas reuniones de amigos, pronto surgió el amor. Mencía Goes se prometió a Hernando de Sotomayor; Isabel Esteban se habla de que se casará pronto con Juan González, lo mismo que Constanza y Álvaro Díaz. Alonso, el Desheredado y Catalina González, están profundamente enamorados y también Rodrigo González, el hermano mayor de Catalina, se ha prendado de la bonita Teresa de Aguilar. Pero este amor no es correspondido, porque Teresa ama con ternura y es correspondida por Vasco Esteban. La marquesa de Santillana, confidente amable de sus sobrinos, ve con buenos ojos estas relaciones, ignorando la tragedia que se cierne sobre ellas y que marcará para siempre la vida de estos jóvenes que parecía estar destinada a un futuro feliz en el que la nobleza y amor se enlazarían sin más problemas.

Rodrigo González no pudo soportar la fortuna de su rival, Vasco, que gozaba del cariño de Teresa y en su corazón anidará el resentimiento y el odio que le llevarán hasta el asesinato.

Cerca de la sinagoga de la ciudad, se encontraba la tienda del judío Abiú Armandel, que frecuentaba la marquesa de Santillana. Nadie se extrañaba de ello pues el judío tenía una gran variedad de riquísimas telas, joyas preciosas y perfumes maravillosos traídos de Siria y Arabia. El judío se sentía muy complacido con una cliente tan distinguida, aunque también se murmuraba que la marquesa estaba interesada en otras materias que no eran, precisamente, sedas y abalorios.

Abiú Armandel tenía fama de ser también un hechicero que podía predecir el porvenir, preparar pócimas amorosas y todo tipo de sortilegios. Lo cierto es que menudeaban la visitas de la rica-hembra, siempre rodeadas de cierto misterio, y acompañada de Teresa y su inseparable amiga Catalina. Alonso y Vasco solían acompañarlas, no tanto porque estuvieran interesados en las posibles "artes" del judío como por estar más tiempos junto a sus amadas.



Era un miércoles santo. Catalina y Teresa, flanqueando a la marquesa, salieron de la catedral, después de asistir al Oficio de Tinieblas. Habían seguido los rezos en unos preciosos breviarios que la marquesa les regaló a su vuelta de una visita al Monasterio de Guadalupe. Había ya caído la noche y se encaminaron hacia la tienda del judío, seguidas por Vasco y Alonso. Este, como siempre, las acompañó hasta el interior de la tienda y Vasco se quedó en la puerta para prevenir alguna otra visita inoportuna. Al entrar en la tienda, Teresa se volvió y sonrió a su amado y él le correspondió con una mirada apasionada, una mirada un tanto extraña que se le clavó en el corazón al tiempo que besaba el breviario que ella tenía en sus manos y que le dejó como prenda de amor.

Cuando salieron de la tienda, Vasco no estaba en su puesto. Alonso recorrió la calle en todas direcciones, pero todo fue inútil. Teresa se llenó de sobresalto y, en toda la noche pudo conciliar el sueño mientras los más tristes pensamientos se apoderaban de su ánimo. Y no estaba equivocada. Al día siguiente, el cadáver de Vasco apareció en la parte trasera de la sinagoga. Una certera estocada le había atravesado el corazón. Todos pensaron que el homicida era Rodrigo González, pero nada se pudo probar y la justicia no encontró un culpable.

A Catalina González, desde aquella noche terrible, no se la volvió a ver. Su hermano Rodrigo, el posible homicida y tutor de la joven al haber muerto sus padres, la sometió a una feroz reclusión. Sólo la dejaba salir para ir a la iglesia, al amanecer, y custodiada por varios sirvientes. Teresa se mostró inconsolable, llorando amargamente la pérdida de aquel amor que sería el único de su vida, y sobre su corazón cayó el peso de toda la tristeza por la muerte de su amado. Alonso, ante la reclusión de Catalina, creyó volverse loco. No podía resignarse a no ver ni hablar con su enamorada y la desesperación se apoderó de él. Aquellos jóvenes felices se vieron castigados por un destino cruel. Poco a poco, Alonso se fue calmando, aunque perdieron el consuelo de la marquesa que tuvo que partir a la corte y tardaría más de un año en volver a Badajoz. Callaban sus pesares Teresa y Alonso, por no afligir más a su madre, Isabel, que también había sufrido lo suyo.

Ana Gil, sirvienta fiel de Catalina González, frecuenta la tienda del judío y algunos aseguran que Alonso, de forma recatada y furtiva, acude también allí de noche.

Una noche, estando ya de vuelta la marquesa, Ana Gil, llegó con recado urgente para ella. Salieron precipitadamente la tía y el sobrino hacia la casa de los González, con la sirvienta y lo que allí pasó, jamás llegó a conocerse. El médico judío Mair el Inglés y el abad de los agustinos, fray Diego, pudieron haberlo contarlo, pero ambos sellaron sus labios y nunca hablaron de ello.

Mucho tiempo duraron los rumores sobre los sucesos de aquella extraña noche y de lo que aconteció después. Catalina González murió a los pocos días de una enfermedad tan fulminante como desconocida y lo más misterioso fue la desaparición del hermano de la fallecida, Rodrigo, que ni esperó a las honras fúnebres. Dejó el cadáver en manos de la sirvienta que fue velado por la marquesa y Alonso hasta el sepelio. Juan González, el otro hermano de Catalina, acudió también, pues a raíz de la muerte de Vasco, hermano de su mujer, rompió cualquier tipo de relación con Rodrigo. En calidad de escribano del rey, inventarió los bienes y sin hacer particiones ni adjudicación de bienes, se selló la casa.

Ana Gil y Alvaro Alfón se casaron a los pocos días y se trasladaron a la heredad de los González en Telena, bautizando a una niña que decían haber encontrado abandonada en su puerta. La marquesa de Santillana apadrinó a la niña, dándole en nombre de su cuñada, Elvira.

Pasó el tiempo y corría el año 1441. Alonso solía pasar largas temporadas fuera de Badajoz, pleiteando con sus primos Fernández de Córdoba por el mayorazgo de Aguilar del que le había desposeído su abuelo. Pero cuando estaba en la ciudad, acompaña a su madre y a su hermana en sus visitas a Telena. La niña, ahijada de la marquesa, es ya una linda jovencita, elegante y de porte distinguido y afable.

Una tarde, la marquesa, Alonso, Isabel y Teresa, junto con el resto de las damas que mantienen su amistad desde su juventud, parten hacia Telena. Al regreso de la heredad viene con ellos Elvira. La marquesa de Santillana ha conseguido del rey que legitime a aquella niña, que ahora ya es público y notorio, es la hija de Alonso y de la desgraciada Catalina González. Con Elvira llegó la alegría y la dicha a la triste vida de aquellas tres vidas rotas.

No duró mucho la dicha, pues Constanza Esteban enviudó de Álvaro Díaz y lo mismo le sucedió a Mencía Goes, aunque ésta tuvo la suerte de quedarse con una hija, Blanca, que le ayudó a soportar la soledad. Blanca y Elvira siguieron cultivando la amistad que iniciaron en sus días en Telena, y ahora son dos jóvenes hermosas, tan unidas como lo estuvieron, en su tiempo Mencía y Teresa. Alonso, cuando las ve, no puede dejar de acordarse de los momentos felices que pasaron Isabel, Teresa y Mencía y que parecen ya tan lejanos.

El palacio de los Suárez Figueroa vive un nuevo esplendor. Murió don Gome y su viuda, doña Elvira se ha quedado a vivir en Badajoz con sus hijos. Ha regresado, también, el Conde de Feria, casado con María Manuel, con su hermano Pedro y Gome, que con el tiempo se convertirá en obispo de la diócesis. Pasando una temporada, se encuentran en el palacio, la hija mayor, Mencía y su esposo el conde de Paredes y el hermano de éste, Gómez Manrique.

Las reuniones en el palacio son placenteras, rodeadas del encanto de los poetas y los goces de la amistad, lo que no impide que los Aguilar visiten, casi a diario, la casa de Mencía Goes. Pedro Suárez de Figueroa y Alonso, el Desheredado, que son primos, se han hecho inseparables y con ellos va Bartolomé, portugués de la rama de los Sánchez de Badajoz. Es este mozo ingenioso y galano. A la nobleza de su estirpe une un gran encanto personal que lo hacen el joven preferido de las damas que, continuamente lo invitan a sus fiestas y saraos.

Bartolomé se ha enamorado de Elvira Aguilar y Pedro que ha quedado prendado de las gracias de Blanca. Las dos parejas viven tranquilas las primeras ilusiones del amor. También Alonso de Aguilar, contemplando a los jóvenes, ha sentido que su corazón ha despertado. Tiene cuarenta años y se encuentra todavía capaz de hacer feliz a una mujer... y esta mujer es la viuda Mencía Goes, atractiva, hermosa, con apenas treinta y cinco años.



Pronto se comentó en la ciudad que en la casona se fraguaban no dos bodas, sino tres, como así era en realidad. Por su parte Teresa de Aguilar, que no ha vuelto a enamorarse, sólo desea mantener su espíritu en paz y desea profesar en un convento, en el de Santa Lucía, y acabar sus días con el consuelo divino. Sólo espera que se celebren los esponsales de Alonso, Blanca y Elvira para abandonar el mundo.

Una tarde de otoño, Teresa observa el camino desde uno de los ventanales del palacio, y ve a una comitiva de arrieros y trajinantes. Detrás de ellos, a cierta distancia, avanza un mendigo en solitario. Al verlo, a Teresa le ha dado un vuelco el corazón. Le ha parecido que, al pasar por delante del palacio, ha dirigido una mirada a la ventana en la que ella está, y la ha mirado con unos ojos febriles. Cree que le conoce, que le ha visto antes, pero no sabe dónde ubicarle.

A toda prisa bajó y dio orden de que cuando un vagabundo llame a la puerta que se le abra y atienda y que se la avise para que sea ella la que le entregue una limosna. Pero el mendigo no se paró. Este mendigo ya había sorprendido a los arrieros cuando los alcanzó. Parecía un viejo por su aspecto y, sin embargo, se movía con agilidad. Vestía harapos, pero en su dedo brillaba un anillo con un rubí de gran tamaño, una joya impropia de aquel pordiosero.

Teresa estuvo esperando varios días, pero aquel hombre no apareció.

Alonso y Mencía se casaron casi en secreto, discretamente y se fueron a vivir a Telena. Pero las bodas de Blanca y Pedro Suárez de Figueroa y de Elvira de Aguilar con Bartolomé Sánchez de Badajoz se celebraron con grandes festejos en los que participó la ciudad entera. Pero en la de Elvira ha sucedido algo especial, una nota de misterio que ha llenado de melancolía a sus padres.

En el momento de la ceremonia en la que se procede al intercambio de anillos, fray Diego que es oficiante, ha presentado un anillo con un gran rubí, diciendo a los contrayentes que tiene el sagrado encargo que se utilice esa joya en lugar de ninguna otra. Es un presente que la madre de la novia le envía desde el cielo.

Alonso palideció, y en un instante recordó cómo él mismo había puesto este anillo en el dedo de Catalina González, como prenda de su amor en una tarde de pasión y entrega. Sólo ha podido decir, que también es su voluntad que este anillo se emplee en la ceremonia. Desde aquel momento, Elvira llevó siempre este anillo, rojo y brillante como si se tratara de sangre recién vertida... el mismo anillo que su madre veneró y conservó hasta su muerte. De lo que no hubo forma es de saber cómo había llegado a manos de fray Diego, que respondía con el mutismo más absoluto cuando se le preguntaba por el tema.

Para Teresa de Aguilar había llegado el momento de la profesión religiosa. Una mañana, acompañada sólo por su madre, se dirigió al convento en el que era ya esperada. Sólo se escucha el canto de las religiosas, que desde el coro, salmodian los textos sagrados.

Madre e hija, arrodilladas, invocan la protección divina y en la soledad del templo, se oye el rechinar de la puerta. Teresa se estremece, no sabe bien por qué y al volver la mirada se encuentra con los ojos de mendigo que viera desde su ventana. Ahora se dirigen a ella, implorantes, amorosos, humildes. Sus ropas raídas y mugrientas, dejan ver que fueron ricas y esplendías en otro momento, y él mismo es alto, distinguido, con unas manos finas y elegantes que sujetan un casquete grasiento.

Teme Teresa que se trate de una aparición diabólica y ruega a Dios que la proteja de las artes del Maligno. Pero no puede dejar de mirar al mendigo... y todo un mundo de amores e ilusiones perdidas se agolpan en su pensamiento cuando ella creía ya que los había desterrado de su corazón. Casi ya en el claustro, el mundo y sus tenciones la persiguen...

La decisión está tomada y con un gran esfuerzo de la voluntad se vuelve hacia el Crucificado. De Él espera la paz y el amor, la tranquilidad de espíritu y la vida apacible de las que se dedican al servicio del Señor sin otras ambiciones ni cuidados.

El mendigo ha desaparecido. Madre e hija se despiden con un cálido abrazo, mientras sobre sus rostros resbalan las lágrimas de la emoción y la renuncia. Cuando acaba la profesión, Teresa se dirige con paso firme hacia la clausura.

Al día siguiente, la campana que llama a maitines despierta a Teresa. La hermana tornera entra en la celda y le entrega un paquetito por orden de fray Diego, diciéndole que lo acepte de parte de un penitente arrepentido que sólo desea de que le perdone y rece por él.

Teresa lo abre con impaciencia y curiosidad. Es un breviario, un libro de horas, aquel que entregara a su amado Vasco. No hay tentaciones satánicas ni fantasmas que la turben. Es una realidad. Y comprende... comprende quién es el mendigo que ha seguido sus pasos en sus últimos días en el mundo. Entiende, también, la mirada suplicante de aquel hombre que vaga solo por los caminos, harapiento, tal vez hambriento, acuciado por el peso de una culpa que desea redimir con una penitencia que él mismo se ha impuesto y que sólo Dios sabe cuánto va a durar. El alma de Teresa se llena de una inmensa piedad hacia este ser desgraciado.

Besando el breviario y suspirando, Teresa lo deja a los pies del crucifijo de su celda y sale para reunirse con el resto de sus hermanas. Todo está consumado. Su ánimo recobra la paz mientras la campanita del templo sigue llamando a los devotos a la misa del alba.

sábado, 30 de octubre de 2010

Historias de Amor





Historias de Amor
Reinar después de morir


Que el amor entre dos seres se mantenga de por vida, es ya de por sí notable, pero que siga vivo después de la muerte, es algo muy especial. Tan especial como fueron los trágicos amores del infante don Pedro de Portugal con una dama castellana, doña Inés de Castro.

Corría el siglo XIV, cuando Inés llegó a Coimbra, formando parte del séquito que acompañaba a doña Constanza, hija del infante don Juan Manuel, que iba a contraer matrimonio con el heredero del trono portugués.

Las bodas se celebraron con todo el lujo y el empaque de los matrimonios reales, y tanto en Castilla como en Portugal, este enlace se veía como una firme alianza entre los dos reinos. Todos parecían felices y durante muchos días se prolongaron los festejos entre la nobleza y también en el pueblo llano. Nada hacía presagiar que la dulce Constanza y el apuesto Pedro fueran a tener una vida en común distinta a la de tantas parejas reales, pero la gran belleza de Inés, sin proponérselo ella, fue causa de la desdicha de los tres.

Muy pronto los portugueses comenzaron a hablar de la hermosura de la dama de la reina. Se decía que nunca mujer alguna podía vanagloriarse de un rostro tan bello, que levantaba murmullos de admiración entre los afortunados que lo contemplaron. Y tanto creció el rumor que llegó a oídos del infante don Pedro, que sintió el deseo de conocer a la mujer de la que tales gracias se decían.

Cuando se vieron, don Pedro quedó prendado de la dama de su esposa y a Inés le sucedió lo mismo. En vano trataron ambos de olvidarse el uno del otro. La situación era tan difícil como complicada. Él estaba casado, y su mujer no se merecía que la hiciera sufrir. Ella no quería ser desleal con Constanza, su señora y la infeliz esposa, que se enteró pronto de lo que sucedía, sufría un hondo dolor al ver que iba perdiendo a su marido.

En un principio, estos amores no inquietaron demasiado al rey de Portugal, don Alfonso, padre de Pedro. Eran muchos los príncipes y reyes que tenían amantes, para poder sobrellevar los matrimonios impuestos por razones de estado, pero este caso era diferente. El amor inmenso que se profesaban iba más allá de las convenciones sociales, se querían de verdad, se sentían verdaderos esposos y no podían concebir la vida del uno sin el otro. Pedro no quería que Inés fuese sólo su concubina, la quería para que fuese su mujer y la madre de sus hijos, pero era de todo punto imposible.

Al darse cuenta de cómo estaban las cosas entre Pedro e Inés, el rey Alfonso les mandó cartas, a Pedro llamándole adúltero e infame y a Inés tachándola de ramera y de bruja. Los dos lloraron ante estas recriminaciones, sabían que no actuaban bien, pero la fuerza de su amor les hacía sentirse inermes... por más que lo deseaban no podían dejar de quererse y comprendieron que sus amores no podrían tener buen fin.

Constanza, abrumada por la pena, enfermó. Nada pudo curarla, pues había perdido el interés por la vida. Murió al poco tiempo, maldiciendo a los amantes, y Alfonso vio cómo con aquella muerte se frustraban muchas de sus esperanzas políticas. Su odio recayó sobre Inés y también sobre su hijo pero, como hombre y como padre, consideraba que ella había sido la causa de la perdición de Pedro, embaucado, sin duda, por la belleza de la dama.

Pero a pesar del sentimiento de culpa, a pesar de los insultos reales y el desprecio de la corte, el amor no disminuyó un ápice entre ellos. Y Pedro tomó una decisión muy arriesgada: se casó en secreto con Inés para dignificar el inmenso cariño que se tenían. El secreto en cuestión, pronto fue un secreto a voces y la ira del rey no tuvo límites. Alfonso, conocido también como el Bravo, era un buen rey, y un esforzado guerrero que luchó con el monarca castellano Alfonso XI en la batalla del Salado... pero le perdió la cólera que nunca es buena consejera.

Para atajar lo que él consideraba un problema, no se le ocurrió otra acción más trágica ni más despreciable que ordenar el asesinato de Inés. Dos sicarios, Pero Coelho y Álvaro Gomçalves, llegaron a la torre de Coimbra en la que vivía Inés y se presentaron ante ella. Un pálpito sacudió en corazón de la mujer, y al instante supo a qué venían. Se dice que iban acompañados por el obispo de Oporto al que hicieron que confesara a Inés antes de matarla, pero es poco probable que la historia real fuese así.

Se deshizo en lágrimas la pobre Inés, mientras suplicaba que la dejasen con vida, pero ni la congoja ni la hermosura de aquel rostro que ha tantos había encandilado, hicieron mella en el corazón endurecido de aquellos asesinos. Cayó muerta con más de cuarenta puñaladas.
La reacción de Pedro no se hizo esperar. Levantó pendones de guerra contra su padre al que derrotó en el campo de batalla y se proclamó rey. Pero esta venganza contra el instigador de la muerte de su esposa Inés, le supo a poco. Corroído por la pena, enajenado por el dolor y la ausencia de la mujer que amaba, hizo algo que horrorizó a todos y que ha pasado a los anales históricos como algo tan terrible como insólito.

El día de su coronación como rey, Pedro I de Portugal, mandó desenterrar el cadáver de Inés y vestirlo con todos los atributos de la realeza.

La muerte había ya causado estragos en aquel cuerpo y en aquel rostro que fueron tan hermosos, y la contemplación de las carnes putrefactas, causaron espanto entre la nobleza y la corte portuguesas.

Sentados en el escaño real, al lado de Pedro, los restos de Inés se cubrieron con unos lujosos vestidos, bordados en oro y perlas y sobre la cabeza lucía la impresionante diadema de las reinas portuguesas. El hedor de la muerte invadía el salón del trono, pero Pedro no parecía notar nada extraño en aquel espectáculo horripilante. Todos los que asistían a la coronación fueron obligados a besar la mano del rey... y de la reina Inés... Muchos no podían reprimir la náusea ni el terror, pero Pedro se mostró inflexible, mientras decía: "¡Arrodillaos y honrad a vuestra reina!".

Uno a uno pasaron ante el trono y rindieron pleitesía al rey y al cadáver de la reina. Aún quedaba un último acto en aquella tragedia. Los últimos en entrar en el salón del trono y obligados a besar la mano de Inés, fueron sus propios asesinos. Aterrados, cumplieron con el macabro ritual. Y aquí la leyenda dice, en algunas versiones, que el propio Pedro los mató con su espada, cortándoles las cabezas y exhibiéndolas sangrantes ante la corte, mientras mandaba que sus cuerpos se arrojasen a los perros para que los despedazasen. Otras versiones dicen que, sometidos a todo tipo de tormentos, les arrancaron el corazón por la espalda para que el sufrimiento fuese aún mayor.

Esta historia tan hermosa como terrible, ha sido la inspiración de numerosas obras literarias, especialmente en la época romántica, por su exaltación del amor a ultranza, un amor que traspasó las barreras de la vida y del tiempo, y por su final tan espectacular como desgraciado.

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jueves, 23 de septiembre de 2010

Historias de Amor










Cuando el amor es más fuerte que el rey y la victoria

En el año 739 moría trágicamente, devorado por un oso, el rey Favila, hijo de don Pelayo, y ocupaba el trono de la recién nacida monarquía asturiana, Alfonso. Era éste hijo del duque de Cantabria, y estaba casado con una mujer bellísima, Ormesinda, hermana, a su vez, del muerto Favila.

Al reino astur, último reducto cristiano, afluían gentes de todas partes que se refugiaban en las montañas cántabras y asturianas huyendo de los conquistadores árabes, que dominaban, casi por entero, lo que había sido la Hispania goda.

El rey Alfonso era, de por sí, belicoso, y viendo que sus súbditos se multiplicaban, decidió dar batalla a los moros con el fin de ensanchar sus territorios. En varias campañas llegó hasta Galicia, de donde expulsó a los musulmanes, incorporando esta región, definitivamente, a su reino. Descendió hasta Viseo, Oporto y Braga, en lo que hoy es Portugal, para llegar después hasta el Duero. Más tarde, actuó en el Este, en Álava, la Bureba y La Rioja. Logró situar a los árabes más hacia el Sur, y se anexionó la Liébana y la Bardulia.

Pero estas expediciones tuvieron más un carácter punitivo que de reconquista, pues a los astures les resultaba imposible repoblar y mantener territorios tan amplios bajo su poder. Entre los dominios del califato cordobés y los de Alfonso quedó una comarca muy poco poblada, una especie de "tierra de nadie", que sufría las correrías de unos y otros sin llegar a pertenecer a ningún bando en concreto.

Así estaba la situación cuando Alfonso, que ya era conocido por "el Temido", reconquistó Astorga, una de las plazas más importantes del Norte. El botín fue muy cuantioso, así como extraordinario el número de prisioneros. Según la costumbre de la época, los cristianos liberados, acudían a rendir pleitesía al rey al que podían dirigirse personalmente para hacerle llegar sus quejas de las afrentas y humillaciones sufridas bajo la dominación árabe.

En medio de una gran pradera, a las puertas de la ciudad, se improvisó una especie de campamento para que se celebrase dicha ceremonia. Cerca del trono donde se sentaba el rey, largas cadenas de moros maniatados, eran el exponente de la derrota sufrida y de la victoria obtenida por Alfonso. Su destino sería, en algunos casos, la esclavitud y, en otros, el hacha del verdugo. Y entre estos vencidos se encontraba un joven de hermosa planta y hermoso rostro, cuyos ojos, de fiero mirar, denotaban un espíritu indomable que no temía a la muerte.

Proseguía el desfile de las gentes cristianas que besaban, con unción, la orla del manto real, y exponían sus agravios, tras lo cual se retiraban. De pronto, el cordón de seguridad que formaba la guardia personal del rey, se vio atravesado por una bella mujer mora, que, llorando a gritos, pedía que se la escuchase. Se formó un tumulto y trataron de que la mora no llegase al rey, pero éste, interesado, hizo ademán para que se la dejase llegar hasta él.

Se llamaba Jacober-Al-Mufita, y de rodillas, con el rostro descubierto, le rogó a Alfonso que la escuchara. Venía a solicitar una gracia que estaba segura que él, en su generosidad de vencedor, iba a concederle. Al rey le hizo gracia su inocente desenvoltura, así como su bonito rostro, perlado por las lágrimas, y le preguntó qué quería. Jacober quería que le concediera la vida de uno de sus prisioneros, el de barba negra que estaba situado a la diestra del monarca.


El prisionero, con voz recia, le ordenó que se marchase. No quería la vida si se la tenía que deber a un rey enemigo. La ley del vencedor debía imponerse como sucedía en todas las batallas.

Alfonso volvió el rostro buscando al prisionero, a Yusuf, que así era el nombre del doncel moro. Su gallardía estaba fuera de toda duda, pero, le preguntó a Jacober en razón de qué debía perdonarle la vida. ¿Había hecho algún mérito especial o lo había hecho ella para que tuviera que otorgarles una gracia tan grande?




La muchacha, llorando, le explicó que no había mérito alguno que premiar, pero que aquel hombre era su amor, que lo quería con toda su alma, y que si moría, ella moriría también pues no podía entender la vida sin su Yusuf al lado. Al rey este sencillo alegato, hecho con tal pasión, con tanto amor y con tanta desesperación, le conmovió profundamente. Y para no herir el orgullo de Yusuf, le dijo que era el amor de Jacober lo que le daba la vida, no él como rey, porque, según sus palabras: Un rey nada puede contra el amor verdadero.

Yusuf y Jacober se casaron aquella misma tarde y, como regalo de bodas, el rey Alfonso les permitió conservar sus bienes. La leyenda cuenta que de esta enamorada pareja nacerían dos linajes célebres entre los árabes: el de los Xifras-Al-Mufita y el de los Abbas-ben-Seffás.




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lunes, 16 de agosto de 2010

Historias de Amor











Historias de Amor
El novio de la muerte


Hubo un tiempo, entre los siglos XVI y XVII, en el que los regimientos de infantería españoles eran imbatibles. Se les conocía como los Tercios de España y sus actuaciones en Italia y Flandes les hicieron famosos en toda Europa.

Los Tercios estaban formados por gentes de muy diversa procedencia, entre las que no faltaban aventureros y soldados de fortuna e incluso algunos que huían de la justicia, lo que hacía que fuesen tropas que no conocían el miedo, capaces de las gestas bélicas más temerarias cuando, tras de ellas, se presumía un buen botín. Tenían, también, mucho éxito con las damas, que se perdían por los requiebros y las dádivas de estos valientes que no retrocedían ante los lances de la guerra ni ante los lances de amor.

Y de un capitán de estos Tercios, y de sus amores, trata esta leyenda:
Se llamaba el mozo don César Dávila y Cortés. Era extremeño, nacido en Medellín y su familia era de noble y limpio linaje. Su madre murió al nacer él, y su padre le crió entre mimos y halagos, tal vez intentando suplir la falta del cariño maternal.

Con el tiempo aquel niño se hizo un hombre de rostro agraciado, apuesto y gentil, al que le gustaba vestir de forma elegante y atildada y cuyo carácter era osado, un tanto pícaro y con una atracción irresistible hacia el peligro. Su arrogancia y su temeridad no tenían límites y, por menos de nada, sacaba la espada para retar a cualquiera que considerase que le había mirado con insolencia, o que hubiese osado mirar a una dama que él pretendía.

Algo tenía de poeta, además de ser un espadachín formidable, por lo que no eran pocas las damas que se deshacían en suspiros cuando le veían pasar o rondar su calle, envuelto en una capa grana, mientras en su sombrero lucía una pluma airosa, roja, también.

Las hazañas que se contaban de los Tercios despertaron el deseo de aventura de César, que sin pensárselo demasiado, una noche abandonó el solar de su casa y marchó a conocer mundo, nuevas gentes y gustar el sabor del riesgo y de la guerra.

Estaban los Tercios en Italia, y uno de los más destacados por sus éxitos era el Tercio al mando de don Lorenzo de Cañada. Con arrojo temerario forzaron la entrada en Módena, máxime cuando sus jefes habían caído en la batalla y los infantes avanzaron siguiendo las órdenes de un joven que hacía poco tiempo que formaba parte del Tercio de Cañada. Su maestría en el uso del acero, su rápida visión de la situación militar y del terreno a batir, parecía más propia de un capitán experimentado que de un soldado raso. No sabían mucho de él, pero por las trazas de su indumentaria se veía que se trataba de algún caballero principal.

Cañada, conocedor de la gesta del desconocido, le mandó llamar para conocerle y felicitarle. Después de las presentaciones, le ofreció la posibilidad de convertirse en capitán de los Tercios de España, y el complacido César preguntó que cómo podía conseguirlo. Al día siguiente, había que conquistar el último bastión que quedaba al enemigo, y el bizarro César se ofreció a hacerlo, con los hombres que le acompañaron en la gesta anterior.

Tomándole del brazo, Cañada lo presentó al resto de los oficiales que descansaban en el campamento, y todos le recibieron entre sonrisas, admirando su temeridad. Sólo a un alférez, Felipe de Cáceres, disgustó la postura envalentonada del bisoño César y entre ambos se estableció, desde el primer momento, una rivalidad, que a punto estuvo de llegar a la punta de sus respectivas espadas de no haber mediado el sentido común y apaciguador del resto de los oficiales.

Cayó el bastión, y en la entrada triunfal de las tropas españolas, capitaneadas por don César, éste vio a una dama, hermosa como pocas, que saludaba su paso agitando un pañuelo negro de seda, desde una reja cuajada de flores.





Desde aquel momento, César no pensó más que en volver a ver a esta mujer misteriosa. Se puso a dar vueltas por la ciudad, intentando encontrar la reja que, fugazmente, viera durante el desfile. Su sorpresa fue grande cuando, al doblar una esquina, le salió una mujer enlutada, de porte gentil y encantador, que cubría su rostro con un antifaz amarillo. Cortés, como siempre, se apresuró a recoger el pañuelo negro que la dama había dejado caer y se le ofreció, galante, para lo que ella precisase.

La dama le dijo que iba huyendo de unos truhanes, y él, arrogante, se ofreció a defenderla y acompañarla, si así se lo permitía. Era un soldado de España, rendido admirador de la belleza y siempre dispuesto a proteger a cualquier mujer que lo necesitase. Agradeció la dama la buena disposición del militar, mientras se oían unos pasos que se acercaban a toda prisa.

Tres hombres embozados aparecieron, y no hizo falta que se pronunciase palabra alguna. Hablaron las espadas, desenvainadas en un santiamén. César se despojó de la capa y, con movimientos ágiles, mantuvo a raya a los agresores, atravesando el pecho del que tenía más cercano, lo que provocó la huida de los otros dos.

La dama, por la que César se batía, desapareció con presteza de la escena. A lo lejos se escuchaba una risa argentina y una voz femenina que decía: "Señor caballero de España: yo los favores los pago con un beso. Volveremos a vernos si sois valiente".


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sábado, 26 de junio de 2010

Historias de Amor





El trovador enamorado:
Macías



Existen muchas versiones sobre la historia y la leyenda de este personaje. Por algunos poetas y escritores, contemporáneos suyos, sabemos que murió a manos del esposo de su amada, después de sufrir cautiverio, y muchos le definieron como "el mártir de Cupido", y el ejemplo del enamorado fiel hasta la muerte.





El caso es que Macías pertenecía a la escuela galaico-portuguesa del Cancionero de Baena y fue autor de hermosos poemas de temática amorosa. Era originario de Padrón, en Galicia, aunque vivió en Castilla en el siglo XV.



Una de las leyendas más conocidas en torno a él y a sus amores, es la que narraremos a continuación:

Enrique de Villena, personaje ya de por sí bastante extraño y también legendario, estaba casado con María de Albornoz. Ambos pertenecían a familias de la nobleza castellana del momento, que matrimoniaron por cuestiones de interés, dinástico o económico. Como en la mayoría de estas uniones no existía el más mínimo cariño, sino que más bien se despreciaban el uno al otro.
Sin embargo, al servicio de la casa Villena-Albornoz estaba Macías, enamorado desde siempre de doña María, a la que siguió después de su boda, logrando ganarse la confianza del esposo que le tenía en gran estima. Doña María correspondía a la adoración del trovador, que le dedicaba ardientes rimas hablándole de amor y menudeaban los encuentros secretos entre ambos, lo que vino a desembocar en un sentimiento mutuo y compartido.

Y sucedió que don Enrique estaba empeñado en conseguir el maestrazgo de la Orden de Calatrava, cuyo poder era muy grande en Castilla, pero para obtener tal dignidad, debía ser soltero o viudo y ninguna de estas dos circunstancias se daban en el estado de Enrique. Lo mejor era deshacerse de la esposa, lo cual no era fácil, pues el linaje de los Albornoz era poderoso y un divorcio le habría ocasionado numerosos problemas. También podía recurrirse al asesinato, pero para ello se necesitaba alguien lo suficientemente discreto y afecto a su causa. Pensó en Macías, y así se lo comunicó, ante el espanto del enamorado trovador que se negó en redondo.

No obstante, Enrique persistió en su empeño y sobornó a seis sicarios para que secuestrasen a María, haciendo público, al cabo de unos días, que, en bosque cercano se habían encontrado las ropas ensangrentadas de su esposa, lo que bien a las claras demostraba que había muerto. Él podía considerarse oficialmente viudo y libre para acceder al puesto deseado.

Los rumores que existían sobre los amores de Macías y de María y así como la necesidad de silenciar a alguien que conocía sus propósitos, hicieron que el trovador fuese apresado y encarcelado en un castillo de Arjonilla, cerca de Jaén, propiedad de don Enrique. Allí estaba también encerrada doña María de Albornoz.




En celdas separadas y encerrados de por vida, los amantes no tardaron en saber el uno del otro, y Macías seguía cantándole dulces sonatas de amor a su amada. Se dice que hasta los duros carceleros sentían pena de aquellas dos almas, hundidas en la miseria y en el hambre, y lo que es todavía peor, ¡tan cerca y tan lejos el uno del otro!

Don Enrique, al cabo de algún tiempo, fue a Arjonilla para asegurarse de que sus dos presas yacían sepultados en aquel lóbrego lugar que pronto acabaría con ellos. Cuando supo que, a pesar de tanta desgracia, Maclas y María seguían amándose, él mismo penetró en la celda de Macías y lo mató a lanzazos.

Esta muerte parece que afectó a la mente de Enrique, que siempre fue bastante extraña. Logró el maestrazgo de Calatrava, pero lo perdió por sus rarezas y se dio a la bebida y al juego llegando a perder cuanto poseía. El rey Juan II, viendo al estado que había llegado, le otorgó el señorío de Iniesta, compadecido de su miseria y extravío.

Doña María, según algunos, regresó a sus posesiones de Cuenca, pero el decir popular da otra versión. Durante varios años, se vio a una mujer, una mendiga, rondando por el castillo de Arjonilla. Pasaba días enteros junto a sus muros, mientras la chiquillería le tiraba piedras, y le hacía burla. Otras veces entraba en la iglesia en la que estaba enterrado Macías y durante horas se postraba sobre la lápida que cerraba el sepulcro, hasta que un día, cuando el sacristán la fue a echar de la iglesia porque era la hora de cerrar el templo, se encontró con que la mujer estaba muerta, con los labios pegados sobre la inscripción en la que podía leerse:


Aquí yace Macías el Enamorado


A muchos no les cupo duda de que aquella pobre mujer, aquel despojo humano, era doña María que nunca pudo superar la trágica muerte de su amor. Se arrastró por la vida, ausente de la realidad, esperando que la muerte misericordiosa se acordase de ella y la llevase a reunirse con el poeta enamorado.


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miércoles, 14 de abril de 2010

Historias de Amor




Historias de Amor
La rosa de pasión




Esta hermosa y triste leyenda está inspirada en una de las más bellas narraciones de Bécquer y relata los amores de una judía, Sara, y de un caballero cristiano, que tuvieron un final trágico. La historia transcurre, también, en Toledo, ciudad que durante muchos siglos tuvo una abundante población judía.



En una de las muchas callejas de la ciudad imperial vivía, míseramente, Daniel Leví. Aunque se decía que poseía una inmensa fortuna, su casa era paupérrima y, el día entero, lo pasaba trabajando en el portal de su casa arreglando objetos de metal, guarniciones, cinturones rotos, cadenillas...



Siempre estaba sonriendo y su trato con los demás era de servil y humilde, descubriéndose cuando, cerca de él, pasaba algún caballero importante o algún clérigo de la cercana catedral. La gente desconfiaba de su eterna sonrisa, y los muchachos del barrio le hacían burla e incluso le tiraban piedras, sin que jamás Daniel se defendiese. Trabajaba y trabajaba sobre su pequeño yunque, con esa sonrisa enigmática que ya formaba parte de su rostro, más como una mueca, que como un gesto de simpatía.



Sobre la puerta de la casa en la que trabajaba el judío, se abría un ajimez árabe en cuyo interior se veían azulejos de colores y, alrededor de las caladas franjas del ajimez, se enredaba una planta trepadora, llena de fuerza y una de las pocas muestras de vida que tenía aquel lugar. Allí se encontraban las habitaciones de Sara, la hija predilecta de Daniel. Era una jovencita de unos dieciséis años, hermosa como pocas, y algunos que la habían visto a través de las celosías del ajimez, se preguntaban cómo de un hombre tan feo y ruin como Daniel, había podido nacer una mujer con tales perfecciones. No salía nunca la muchacha y su rostro se velaba, a menudo, por la tristeza... un rostro de blancura sin igual, en el que sobresalían unos ojos negros fascinantes y unos labios rojos que parecían dibujados por los pinceles de un maestro.



Los judíos más ricos y poderosos de Toledo, la habían solicitado en matrimonio, pero Sara se mostraba insensible a los halagos y regalos de sus pretendientes. Su padre le aconsejaba que tomase marido antes de que él falleciera, pues no es bueno que una mujer se quede sola en el mundo y más cuando se es tan bonita, pero la hebrea no respondía y se encerraba en un mutismo total, lo que Daniel interpretaba como un fuerte deseo, por parte de la muchacha, de ser libre, de no atarse, todavía, al yugo del matrimonio. Pero un día, otro muchacho judío, cansado de los desplantes de Sara, se dirigió a Daniel para hablarle de los rumores y comentarios que se hacían en la comunidad sobre su hija.



Al parecer se decía que estaba enamorada de un caballero cristiano y él mismo les había sorprendido hablándose cuando Daniel, asistía, de forma clandestina, a las reuniones del sanedrín. Esta revelación no pareció afectar el ánimo de Daniel, que sin dejar de sonreír, le dijo al acusador que sabía bastante más que él. Sara, su hija adorada, la hermosa Sara, su honra y su gloria, el orgullo de su raza y de su tribu, no caería nunca en manos de un perro cristiano. Nadie se reiría de su condición de judío y de padre, y despidió a su interlocutor pidiéndole que reuniese a sus hermanos, cuanto antes, esa misma noche, que él acudiría a su lugar secreto de encuentro, dentro de un par de horas.



Daniel cerró la puerta de su casa y su negocio, pasando varios cerrojos y aldabas, lo que le impido oír cómo las celosías de la ventana caían de golpe. Sin duda, Sara había estado escuchando y su corazón de llenó de negros temores.



Era la noche de Viernes Santo, y los toledanos, después de asistir al Oficio de Tinieblas, se habían retirado a sus hogares. Algunos dormían ya, y otros, al lado de las chimeneas, contaban viejas historias sobre la ciudad o vidas ejemplares de santos. Toledo estaba sumida en el silencio, sólo, de vez en cuando, interrumpido por el ladrido de algún perro y las voces de los turnos de guardia del lejano alcázar. En una de las orillas del Tajo, se encontraba un barquero que parecía estar esperando a alguien. Una sombra bajaba, trabajosamente, hasta el río... parecía tener prisa y también cierto temor. Cuando el barquero la vio, se dio cuenta de que era la persona que esperaba.



Andaba rumiando el barquero que aquella noche era extraña. Había pasado a muchos judíos de un lado a otro del río, y se preguntaba a qué podía venir todo aquel trasiego. Creía que iban a reunirse en alguna parte, lo que a juicio de este hombre, no auguraba nada bueno. Pero, bien le pagaban y eso, a fin de cuentas, era lo que a él le interesaba. Subió la sombra a la barca, que soltó amarras, y una voz femenina le preguntó a cuántos judíos había pasado y si sabía qué tramaban. No, el barquero no sabía nada ni había oído ningún comentario que pudiera darle alguna pista, aunque, eran tantos los hebreos que usaron su barca, que no los había podido contar.
Calló Sara, pues no era otra aquella mujer, que arrostrando cualquier peligro quería conocer qué se urdía. Ya no le cupo duda de que todo aquellos se debía a una venganza preparada por su padre. Sentía una gran angustia, con la mente extraviada en pensamientos dolorosos... un sudor frío la invadió cuando llegaron a la otra orilla.



El barquero le indicó que el camino que seguían venía a converger en la Cabeza del Moro para desaparecer detrás de aquel picacho. Hacia allí se dirigió Sara, decidida pero temblando, en la oscuridad de la noche, con la sola fuerza que le daba su amor y el miedo de que la venganza se cebase en él.



Donde hoy se encuentra la ermita de la Virgen de Valle, y muy cerca de la Cabeza del Moro, existían las ruinas de una iglesia bizantina. Apenas quedaban algunos muros exteriores y restos de algunos arcos. La maleza y la hiedra se enredaban entre ellos.



Sara avanzó hasta emboscarse entre la vegetación que rodeaba el lugar y vio, con espanto, que sus peores temores se confirmaban. Allí donde antaño había existido el atrio de la derruida la iglesia, se encontraban muchos de sus hermanos de religión bajo las órdenes de su padre. La sempiterna sonrisa de Daniel se había borrado y, ahora, convertido en un hombre enérgico, cuyos ojos brillaban con una luz maléfica, dirigía la operación de levantar una enorme cruz. La luz de una fogata iluminaba la terrible escena y la herniosa hebrea supo, al instante, de lo que se trataba. Se iba a realizar una crucifixión y la víctima sería su amante.



No pudo contenerse, y se presentó en medio de aquella asamblea de verdugos, ante la sorpresa de todos ellos. Llena de dolor e indignación, les dijo que no esperasen al cristiano que aguardaban. Ella le había prevenido. Se sentía avergonzada por su sed de sangre y ya no sentía judía ni se consideraba hija de aquel monstruo.



Daniel no podía creer lo que oía. ¡Su propia hija le había traicionado! Ciego de ira, la arrastró por los cabellos hasta los pies de la cruz, mientras se la entregaba al resto de la asamblea para que hiciesen con ella lo que quisieran. Esta infame había deshonrado a su religión y a sus hermanos.
Al día siguiente, mientras las campanas de todas las iglesias tocaban a gloria, Daniel abrió, como siempre, la puerta de casa y sentó a trabajar en su yunque, sonriendo y saludando a los que pasaban. Nada parecía haber cambiado, pero las celosías del ajimez no volvieron abrirse. La hermosa Sara no apareció ya más recostada en aquella ventana.



Pasó el tiempo y unos años después, un pastor le llevó al arzobispo una flor desconocida hasta entonces, que parecía reproducir los atributos de la pasión de Cristo. La había encontrado mientras apacentaba a su rebaño entre los restos de la derruida iglesia, enredada entre los muros decrépitos.



Tratando de descubrir aquel misterio, se trasladaron al lugar y cavaron para encontrar el origen de la extraña planta. Y lo que apareció fue el cadáver de una mujer y junto a él, los elementos que mostraba la flor y que correspondían a la agonía del Crucificado. Nunca se supo a quién correspondía aquel cuerpo, pero, durante muchos años, reposó y se le veneró en la ermita de San Pedro el Verde. A la flor, que ahora es bastante común, se la llamó, y aún se la llama, Rosa de Pasión.



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