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lunes, 19 de diciembre de 2011

Leyendas de Hadas





Rosanela


El conde de Caylus
Inconstante, voluble, infiel… todas estas son palabras que describen a alguien que no puede mantenerse fiel a un solo amor, alguien que siempre encuentra a alguien nuevo de quien enamorarse. Pero, ¿qué sucede cuando un príncipe irremediablemente voluble conoce a una princesa a la que nadie puede resistir?

Todos saben que, aunque las hadas viven cientos de años, algunas veces mueren. En especial porque pasan un día de cada semana convertidas en algún animal y entonces, claro está, están expuestas a sufrir accidentes. Fue así que un día la muerte se llevó a la reina de las hadas y fue necesario elegir a una nueva soberana. Después de mucho discutirlo, parecía que la elección estaba entre dos hadas, una llamada Surcantina y la otra llamada Paridamia. Y sus razones eran tan similares que era imposible elegir a una sobre la otra. Al final, la corte de las hadas decidió que aquellas de las dos que mostrara al mundo la mayor de las maravillas, sería la reina. Sin embargo, tenía que ser un tipo especial de maravilla. No se trataba de mover montañas ni ninguno de esos tipos de trucos tan comunes que hacen las hadas. Por tanto, Surcantina decidió que ella crearía un príncipe al que nada pudiera hacer fiel y constante a un solo amor. Mientras tanto. Paridamia decidió mostrar a los asombrados mortales, una princesa tan encantadora que nadie pudiera verla sin enamorarse perdidamente de ella. Tenían permitido tomarse su tiempo, mientras tanto, las cuatro hadas más viejas se encargarían de atender los asuntos del reino.




Ahora bien, Paridamia era amiga, desde hacía mucho tiempo del rey Bardondon, que era el monarca más noble y cuya corte era el modelo a seguir para todas las demás. Su reina, Balanice, también era una mujer encantadora. De hecho sería muy difícil encontrar a una pareja tan bien avenida como ellos.

Los reyes tenían una hijita, al a que habían llamado Rosanela, porque tenía un lunar rosado en la garganta.

La noche siguiente a la reunión de las hadas, la reina Balanice despertó con un grito y cuando sus damas de honor fueron a ver qué le ocurría, descubrieron que había tenido un terrible sueño.

- Soñé – dijo – que mi hijita se había convertido en un ramo de rosas y que mientras la tenía en brazos, de pronto bajaba un pájaro del cielo y me la arrebataba. Manden a alguien a ver que la princesa esté bien – ordenó la reina.

Y así lo hicieron, pero solo encontraron una cuna vacía. Buscaron por todas partes, pero no encontraron ni rastro de la niña. La reina estaba inconsolable de pena, lo mismo que el rey, pero él, siendo hombre, no demostraba tanto sus sentimientos. Entonces, el rey le sugirió a Balanice que pasaran algunos días en su palacio en el campo, y ella aceptó porque, en su pena, ya no disfrutaba de los placeres de la ciudad. Una tarde de verano, mientras estaban sentados, juntos en un césped con forma de estrella del que salían doce espléndidas avenidas bordeadas de árboles, la reina vio que por cada una de ellas venía una encantadora niña campesina, llevando una canasta con gran cuidado. Conforme cada niña iba llegando hasta la reina, dejaba la canasta a sus pies y le decía:

- Querida reina, espero que con esto disminuya en algo su tristeza.

La reina abrió rápidamente las canastas y encontró en cada una de ellas una encantadora bebita, como de la misma edad de la princesa por la que penaba tanto. Al principio, ver a las bebitas hizo que la reina se sintiera peor, pero las nenas eran tan encantadoras que comenzó a quererlas y, cuidando de ellas, olvidó un poco su tristeza. Les proporcionó doncellas, cunitas y damas de honor y envió a buscar por todas partes columpios, muñecas y trompos.

Lo curioso era que cada bebita tenía en la garganta una diminuta mancha rosada. La reina encontró tan difícil decidir el nombre más apropiado para cada una que, mientras los elegía, asigno a cada bebé un color especial: rosado para una, morado para otra, y así sucesivamente, de modo que cuando estaban juntas parecían una pradera en flor. Conforme iban creciendo, se hizo evidente que aunque todas eran muy inteligentes, eran muy distintas en carácter, tanto así que poco a poco dejaron de llamarlas “Rubí” o “Violeta” o cualquiera que fuera su color, y la reina sólo preguntaba: “¿Dónde está mi niña Dulce?” o “¿Dónde está mi niña Amable?” o “¿Dónde está mi niña Feliz?”

Por supuesto que ton tantos encantos, tenían enamorados por montones. No sólo en la propia corte, sino príncipes que venían de muy lejos, atraídos por los rumores que llegaban hasta sus tierras; pero aquellas adorables muchachas, las primeras damas de honor, eran tan sensatas como hermosas y no favorecían a ningún pretendiente.

Pero volvamos ahora con Surcantina. Ella había elegido al hijo de un rey que era primo de Bardondon para que fuera su príncipe inconstante. Antes que nada, en su bautizo le había dado al príncipe todas las gracias de cuerpo y mente que un príncipe pudiera necesitar, pero ahora había redoblado sus esfuerzos y no escatimaba en nada para añadir todo tipo de encanto y fascinación imaginables. Así que, sin importar si él estaba molesto o contento, muy bien ataviado o vestido con sencillez, serio o frívolo, ¡siempre era perfectamente irresistible! La verdad era que se trataba de un joven encantador, ya que el hada le había dado el mejor corazón del mundo, además de la mejor cabeza y no había dejado nada qué desear, excepto fidelidad. Porque no puede negarse que el príncipe Mirliflor le gustaban todas las chicas, y era más inconstante que el viento. Para cuando cumplió los dieciocho años, no había en el reino de su padre un corazón que no hubiera conquistado…¡Todos eran suyos y él estaba cansado de todos! Así estaban las cosas cuando fue invitado a visitar la corte del primo de su padre, el rey Bardondon.

Imaginen sus sentimientos cuando al llegar le presentaron a las doce de las más encantadoras criaturas del mundo, y les gustó a todas de la misma manera en la que cada una de ellas le gustó a él. La situación llegó al punto en que el príncipe no estaba contento a menos que pasara cada momento con todas ellas. Porque , ¿cómo podría susurrar dulces palabras a Dulce y reír con Alegría sin contemplar también a Bella? Y en sus momentos más serios, ¿qué había más agradable que charlar con Considerada en algún césped sombreado mientras tomaba entre sus manos la mano de Amorosa y todas las demás estaban cerca de él? Por primera vez en su vida, realmente estaba enamorado, pero el objeto de su devoción no era una sola persona, sino doce, y a todas las quería igual. Hasta Surcantina consideró que aquello era, en efecto, el colmo de la inconstancia. Pero Paridamia no dijo nada. Un día, la reina, dio una gran fiesta en el jardín y cuando los invitados estuvieron todos reunidos y el príncipe Mirliflor repartía sus atenciones ente las doce bellezas, se oyó de pronto el zumbido de un enjambre e abejas. Las doce doncellas, atemorizadas, comenzaron a alarmarse y se alejaron del resto del grupo. De inmediato, y para horror de todos los presentes, las abejas las persiguieron y se multiplicaron hasta ser un enjambre enorme que se lanzó sobre las doncellas y las elevó por los aires. En cuestión de un instante, doncellas y princesas desaparecieron. Aquel extraordinario suceso sumió a la corte en una profunda tristeza; el príncipe Mirliflor, en un principio, dejó transpirar una violenta pena, pero poco a poco cayó en un estado de tal desconsuelo que se temió que si nada lo sacaba de él, seguramente moriría.

Surcantina acudió a toda prisa a ver qué podía hacer por el pobre príncipe, pero él rechazó con desprecio todos los retratos de las encantadoras princesas que ella le ofrecía para su colección. En pocas palabras, era evidente que el príncipe estaba muy mal y el hada no tenía idea de qué hacer. Un día, mientras el joven vagaba envuelto en sus reflexiones, escuchó gritos y exclamaciones de sorpresa; y se habría podido evitar quedar tan pasmado como todos los demás: por el aire venía una carroza de cristal, aproximándose poco a poco, brillando al sol.

Seis encantadoras doncellas con brillantes alas tiraban de la carroza con unas cintas rosadas, mientras que otras, de igual belleza, sostenían largas guirnaldas cruzadas de rosas sobre ella, formando un toldo. En la carroza venía el hada Paridamia y a su lado, una princesa cuya belleza positivamente deslumbraba a quien la veía.

Al pie de la gran escalera, descendieron y se dirigieron a las habitaciones de la reina; los cortesanos corrieron a ver esta maravilla, y se reunió una gran multitud hasta que se hizo muy difícil avanzar y por todas partes se escuchaban exclamaciones de asombro ante la belleza de aquella extraña princesa.

- Gran reina – dijo Paridamia -, déjame devolverte a tu hija, Rosanela, a quien tomé alguna vez de su cuna.

La reina estaba encanta, pero después de pasados los primeros momentos de alegría, la reina le preguntó a Paridamia:

- Pero ¿y mis doce adoradas doncellas? ¿Las he perdido para siempre? ¿Nunca volveré a verlas?
- ¡Muy pronto dejarás de extrañarlas! – respondió Paridamia en un tonto que claramente significaba que no quería más preguntas. Luego subió a toda prisa a su carroza y desapareció.

La noticia de la llegada de aquella hermosa prima llegó pronto al príncipe, pero él no tenía ánimos para ir a verla. Sin embargo, llegó el momento en que le fue imposible no ir a presentarle sus respetos y no bien había pasado cinco minutos en su presencia, cuando ya le parecía que la chica combinaba en su encantadora persona todos los dones y gracias que tanto le habían atraído en las doce damas cuya pérdida tanto le había dolido.

Y después de todo, realmente es más satisfactorio estar enamorado de una sola persona a la vez. Y así sucedió que antes de darse cuenta de lo que ocurría, estaba pidiéndole a su adorable prima que se casara con él; en el momento que aquellas palabras dejaron sus labios, Paridamia apareció con una sonrisa de triunfo, en la carroza de la reina de las hada, ya que para entonces todos sabían de su gran éxito y habían declarado que el reino era suyo. Había tenido que contar cómo se había robado a Rosanela y había dividido su persona en doce partes para que cada una de ellas encantara al príncipe Mirliflor y para que, una vez reunidas en una sola persona, curaran su inconstancia y veleidad de una vez por todas.

Y como una prueba más de la fascinación que causaba Rosanela, puedo decirles que incluso la derrotada Surcantina le envió un regalo de bodas y asistió a la ceremonia, que se celebró tan pronto como los invitados pudieron llegar. El príncipe Mirliflor fue fiel a su adorada Rosanela durante el resto de su vida. ¿Y quién en su lugar no hubiera hecho lo mismo?

En cuanto a Rosanela, lo amó lo mismo que todas las doce doncellas juntas y así reinaron en paz y felicidad hasta el fin de sus largas vidas.

domingo, 6 de febrero de 2011

Leyendas de Hadas



Melisandra
Por E. Nesbit

Cuando nació la princesa Melisandra, su madre, la reina quiso hacer una fiesta para celebrar su bautizo, pero el rey se negó rotundamente.
- Sé muy bien lo problemas que causan las fiesta de bautizo – declaró -. Sin importar cuánto cuidado se tenga con las invitaciones, siempre se olvida uno de alguna hada y ya sabes cómo termina el asunto. No vamos a pasar por eso. No vamos a invitar a nadie. Así, ninguna podrá ofenderse.
- A menos que todas se ofendan – dijo la reina.

Y eso fue precisamente lo que ocurrió. Cuando el rey, la reina y el bebé volvieron del bautizo, el gran salón del trono estaba atestado de hadas de todas las edades, de todos tipos, bonitas y feas, buenas y malas, hadas de la flores y hadas de la luna, hadas que parecían arañas y otras que parecían mariposas… y cuando la reina abrió la puerta, todas gritaron al mismo tiempo:

- ¿Por qué no me invitaron a la celebración del bautizo?
- Lo siento mucho… - comenzó la pobre de la reina.

El hada Malévola dio un paso al frente y entre las demás y la interrumpió con dureza:

- ¡A callar! – Malévola era el hada más vieja y la más mala de todas -. No me interesan las excusas – dijo
mientras movía el dedo frente a las narices de la reina -. Bien sabes lo que ocurre cuando no se invita a un hada a la celebración de un bautizo. Ahora, cada una de nosotras le dará a la princesa su regalo. Como el hada de más alta categoría, seré la primera. ¡La princesa será calva!

La reina casi se desmayó cuando Malévola se retiró. Pero el rey dio un paso al frente-

- ¡Ah, no! ¡Eso sí que no! – dijo -. ¿Cómo pueden comportarse así? ¿Qué ninguna fue a la escuela?
¿Ninguna ha estudiado la historia de su propia raza?

- ¿Cómo se atreve a decir eso? – dijo un hada con un gorrito -. Es mi turno y yo digo que la princesa será…

El rey se lanzó sobre ella y le tapó la boca con la mano.

- Miren – dijo - . Esto no está bien. Un hada que rompe con la tradición de la historia de las hadas desaparece… saben que digo la verdad… se apaga como la flama de una vela. Y la tradición dicta que sólo el hada mala no se invita a la fiesta del bautizo y que todas las hadas buenas están invitadas: así que, o bies esta no es una fiesta de bautizo, o todas fueron invitadas, excepto una. Y por propia elección, esa sería Malévola. Inténtelo si no me creen. Denle sus terribles regalos a mi inocente hijita, pero tengan por seguro que una vez que lo hagan, desaparecerán, como la llama de una vela. Entonces, ¿quién se va a arriesgar?
Ninguna respondió. Una por una, todas las hadas se despidieron y le dieron las agracias a la reina por la encantadora velada que habían pasado.

Cuando la última de las hadas se marchó, la reina corrió a ver a la bebé. Le quitó su gorrito de encaje y rompió en llanto. Los dorados rizos de la niña se le cayeron cuando le quito el gorrito. La princesa Melisandra era calva, como un huevo.

- No llores, mi amor – le dijo el rey -. Me queda un deseo que mi hada madrina me dio como regalo de bodas, pero desde entonces, ¡no he deseado nunca nada más!
- Muchas gracias, querido – le dijo la reina y sonrió con las mejillas cubiertas de lágrimas.
- Guardaré el deseo hasta que la bebé crezca – continuó el rey -. Entonces se lo daré y si desea tener pelo, lo tendrá.
- ¡Oh! ¿No prefieres desearlo tú ahora? – le pidió la reina-
- No, mi amor. Es posible que ella quiera algo diferente cuando sea grande. Y además, es posible que el cabello le crezca solo.

Pero nunca le creció. La princesa Melisandra creció tan hermosa como un sol y tan buena como el pan, pero jamás le creció un pelo en su pequeña cabeza. La reina le cosía pequeños sombreros de seda verde y el rostro blanco y sonrosado de la princesa salía de ellos como una flor que asomaba de su corola. Y cada día conforme crecía, todos la querían más, y entre más la quería, mejor se volvía y mientras más buenas era, más hermosa parecía.

Cuando la princesa ya era grande, la reina le dijo al rey:

- Amor mío, nuestra querida hija ya es lo bastante grande para saber lo que quiere. Dale el deseo que le prometiste. Así que el rey abrió su caja fuerte de oro con la lleve que tenía siete diamantes y que llevaba siempre prendida al cinto y sacó el deseo y se lo dio a su hija.
Entonces la reina le dijo:
- Hija mía, queridísima, hazme caso y desea lo que te digo.
- Claro que sí. Madre – respondió Melisandra. La reina le susurró al oído y Melisandra asintió. Luego dijo en voz alta -. Deseo tener cabellos dorados de un metro de largo y que crezcan dos centímetros todos los días y crezcan el doble de rápido cada vez que lo corten y…
- ¡Detente! – exclamó el rey. El deseo se activó y al siguiente instante la princesa estaba de pie frente a ellos, sonriendo bajo una lluvia de dorados cabellos.
- ¡Qué encantadora! – exclamó la reina -. Qué pena que la interrumpiste, querido ¿Cuál es el problema?
- Lo sabrán muy pronto – dijo el rey -. Vamos, seamos felices mientras podamos. Dame un beso, pequeña Melisandra, y luego ve con tu niñera y pídele que te enseñe a peinarte el cabello.
- Sé como hacerlo – aseguró Melisandra – Le he peinado el cabello a mamá muchas veces.
- Tu madre tiene un hermoso cabellos – le dijo el rey -, pero creo que vas a descubrir que el tuyo es un poco menos fácil de manejar.



Y así fue. El cabello de la princesa comenzó siendo de un metro de largo y cada noche crecía dos centímetros. Si sabes un poco de matemática elemental, te darás cuenta que en cuestión de seis semanas su cabello medía casi dos metros. Es un largo muy inconveniente porque el cabello llega hasta el suelo y recoge todo el polvo. Y el cabello de la princesa crecía dos centímetros cada noche. Cuando alcanzó los tres metros de largo, la princesa no pudo soportarlo más. Era demasiado pesado y la acaloraba, de modo que se lo cortó todo y durante algunas horas se sintió cómoda. Pero el cabello siguió creciendo, y ahora dos veces más de prisa que antes, así que en cuestión de poco más de un mes estaba tan largo como la primera vez. La pobre princesa lloraba de cansancio. Cuando ya no pudo soportarlo más, se cortó el cabello y estuvo cómoda por corto tiempo. Porque entonces el cabello le creció cuatro veces más rápido, y en menos de veinte días, estaba tan largo como antes y tuvo que volver a cortárselo, pero el cabello comenzó a crecerle dos veces más rápido, y así siguió hasta que la princesa se acostaba cada noche con el cabello corto y despertaba al día siguiente con metros y metros de cabellos dorados desparramados por su habitación. La pobre no podía moverse sin tirar de su propio cabello y su niñera tenía que entrar y cortárselo antes de que pudiera levantarse de la cama.



- ¡Quisiera volver a ser calva! – decía la pobre Melisandra. Y su cabello seguía creciendo sin parar.
Entonces el rey dijo:
- Voy a escribirle a mi hada madrina para ver si hay algo que se pueda hacer. Así que el rey escribió una carta y la mandó por alondra.

Su hada madrina le envió la respuesta con la misma ave:
“¿Por qué no solicitas un príncipe? Ofrece la recompensa de siempre.”

El rey envió a sus heraldos por todo el mundo para proclamar que cualquier príncipe respetable con referencias adecuadas podría casarse con la princesa Melisandra si podía hacer que dejara de crecerle el pelo.

Entonces, de todas partes de mundo comenzaron a legar carretadas de príncipes, ansiosos de probar suerte. Llevaban con ellos todo tipo de remedios y cosas repugnantes en botellas y cajas de madera. La princesa probó todos los remedios, pero no le gustó ninguno de ellos y tampoco le gustó ninguno de los príncipes, de modo que, en su interior estaba contenta de que ninguno pudiera ponerle el alto al crecimiento de su cabello.
Por aquel entonces, la princesa tenía que dormir en el gran salón del trono, porque ninguna otra habitación era lo bastante grande para ella y todo su cabello. Cuando despertaba por la mañana, el salón del trono estaba lleno de cabellos dorados, apretujados todos como lana en un granero. Y cada noche, cuando le cortaban el cabello muy al ras, se sentaba en a ventana con su camisón de seda verde y lloraba y besaba las pequeñas gorritas verdes que solía usar y deseaba volver a ser calva. Una noche de verano, mientras estaba ahí sentada llorando, vio por vez primera al príncipe Florizel.

El príncipe caminaba por el jardín a la luz de la luna. Entonces, él levanto la mirada al mismo tiempo que ella veía hacia abajo. Sus ojos se encontraron y por primera vez Melisandra deseó que él tuviera el poder de hacer que cabello dejara de crecer. En cuanto al príncipe, en ese momento deseo muchas cosas, y la primera de ellas se le concedió.



- ¿eres la princesa Melisandra? – preguntó esperanzado.
- ¿Y tú eres Florizel?
- Hay muchas rosas alrededor de tu venta – le dijo, pero ninguna aquí abajo.

Ella le arrojó una de las tres rosas blancas que tenía entre las manos.

Entonces el príncipe dijo:

- Si puedo hace lo que tu padre quiere ¿te casarás conmigo?
- Mi padre ha prometido así será – dijo Melisandra jugueteando con las rosas blancas que tenía en la mano.
- Querida princesa – respondió él –, la promesa de tu padre no significa nada para mí. Quiero tu promesa. ¿Te casarás conmigo?
- Sí – respondió ella y le dio la segunda rosa.
- Quiero tu mano.
- Sí – repitió ella.
- Y tu corazón con ella-
- Sí – dijo la princesa nuevamente y le dio la tercera rosa.
- Entonces – continuó el príncipe -, quédate junto a la ventana y yo me quedaré aquí abajo en el jardín, vigilando. Y cuando tu cabello haya crecido hasta llenar tu habitación, llámame y haz lo que te diga.
- Y así lo haré – dijo la princesa.
Al amanecer, el príncipe, que estaba tendido en el césped, al lado del reloj de sol, oyó su voz.
- ¡Florizel! ¡Florizel! ¡Mi cabello ha crecido tanto que me empuja por la ventana!
- Sal a la cornisa – le dijo el príncipe – y enreda tu pelo tres veces alrededor del enorme gancho de metal que está ahí.

La princesa le obedeció.

Entonces el príncipe subió por el arbusto de rosas llevando la espada desenvainada entre los dientes. Tomó en sus manos más o menos un metro del pelo de la princesa, desde su cabeza y le dijo:

- ¡Salta!
- La princesa saltó y gritó. Ahí estaba colgada de metro y medio de cabellera, en un gancho de su ventana.

El príncipe sujetó con fuerza el cabelló que tenía en la mano y lo cortó con la espada.
Luego la bajó con cuidado hasta que los pies de la princesa tocaron el suelo. Después, saltó tras ella.
Se quedaron charlando en el jardín hasta que las sombreas desparecieron debajo de sus respectivos árboles y el reloj de sol marcó la hora de ir a desayunar.

Así que fueron a desayunar y toda la corte los rodeó maravillada. Porque el cabello de la princesa no había crecido.

- ¿Cómo lo hiciste? – le preguntó el rey mientras estrechaba la mano de Florizel con alegría.
- Fue lo más sencillo del mundo – aseguró Florizel con modestia -. Ustedes siempre le han cortado el cabello a la princesa. Yo le corté la princesa al cabello.
- Eres un joven muy inteligente – dijo el rey y le dio un abrazo.

La princesa besó al príncipe cientos de veces y al día siguiente se casaron. Todos comentaban lo hermosa que se veía la novia. Y observaban que llevaba el cabello bastante corto: apenas un metro sesenta y cinco de largo, lo suficiente para que llegará a sus bellos tobillos.

domingo, 19 de diciembre de 2010

Leyendas de Hadas




Sueño de una noche de Verano
Adaptación de E. Nesbit




Hermia y Lisandro estaban enamorados, pero el padre de Hermia quería casarla con otro hombre, un joven llamado Demetrio.

En aquel entonces, en Atenas, donde ellos vivían, existía una terrible ley que decía que cualquier muchacha que se negara a casarse con quien su padre le indicara, podría ser condenada a muerte. El padre de Hermia estaba tan enfadado con ella por negarse a hacer lo que él quería, que la llevó ante el duque de Atenas para pedir que la condenaran a muerte, pero aun así la joven se negó a obedecerle. El duque le dio cuatro días para pensarlo bien y, sin al cabo de ese tiempo seguía negándose a casarse con Demetrio, tendría que morir.

Lisandro, por supuesto estaba casi loco de pena; se le ocurrió que lo mejor que podrían hacer era que Hermia escapara a la casa de su tía, un lugar lo bastante lejano para estar fuera del alcance de aquella cruel ley. Ahí, el iría a buscarla y se casaría con ella. Sin embargo, antes de partir, Hermia le contó sus planes a su amiga Helena.

Helena había sido novia de Demetrio mucho antes de que se pensara en el matrimonio del joven con Hermia, pero, como toda la gente celosa, Helena era muy tonta. No se daba cuenta de que no era culpa de la pobre Hermia que Demetrio quisiera casarse con ella, y no con su antiguo amor, Helena. Sabía que si le decía a Demetrio que Hermia iba a escaparse al bosque, lejos de A tenas, él la seguiría. “Y yo lo seguiré a él, y así al menos podré verlo”, pensó para sí Helena. Entonces fue a ver a Demetrio y traicionó a su amiga al contarle su secreto.

Ahora bien, aquel bosque donde Lisandro iba a reunirse con Hermia y adonde los otros dos habían decidido seguirlos, estaba lleno de hadas, como la mayoría de los bosques, si uno tiene ojos para verlas. Y en este bosque, aquella noche, se encontraban el rey y la reina de las hadas, Oberón y Titania. Las hadas son gente muy sabia, pero de vez en cuando, pueden comportarse tontamente, igual que los mortales. O berón y Titania, que podrían haber sido la pareja más feliz del mundo, habían hecho a un lado toda su dicha por una tonta pelea. Desde entonces, siempre que se encontraban decía cosas desagradables y se insultaban de manera tan terrible que todos sus pequeños seguidores se ocultaban, atemorizados, en las copas de los avellanos del bosque.

Así pues, en lugar de tener una corte feliz, con bailes toda la noche a la luz de la luna, como suelen hace las hadas, el rey y su séquito se paseaban por una parte del bosque, mientras que la reina se ocupaba de sus asuntos en otra. Y la cusa de todos estos problemas era un pequeño niño indio al que Titania había tomado como parte de su séquito. Oberón quería que el niño lo siguiera a él y se convirtiera en uno de los caballeros del mundo de las hadas, pero la reina no quería dárselo. Aquella noche en particular, en un claro cubierto de musgo e iluminado por la luz de la luna, se encontraron el rey y la reina de las hadas.



- A la luz de la luna te encuentro, orgullosa Titania – dijo el rey.

- ¡Ah! ¿Celoso, Oberón? – respondió la reina -. Todo lo echas a perder con tus peleas. Vamos, hadas, marchémonos de aquí. Ya no tengo nada que ver con él.

- Eres tú la que no deja de pelear – objetó el rey -. Dame el pequeño niño indio y nuevamente seré tu amante y humilde servidor.

- No pierdas el tiempo rogándome – respondió la reina-. No te daría este niño ni aunque me ofrecieras tu mágico reino, todo entero. Hadas vámonos.

Y así, junto con todo su séquito, se alejaron montados en rayos de luna.

- Sea como quieras – dijo el rey -, pero me vengaré de ti antes de que puedas abandonar este bosque.

Entonces Oberón llamó a su duende favorito, el pícaro Robin. Robin era el espíritu mismo de las travesuras. Solía colarse en las lecherías para robarse la crema y se ocultaba en las mantequilleras para que no funcionaran; le encantaba agriar la cerveza y hacer que la gente se perdiera en las noches oscuras, para luego reírse de ella; movía las sillas cuando las personas iban a sentarse y les empujaba en la cara los tarros con bebidas calientes cuando iban a beber de ellos.

- Robin – le dijo Oberón a este pequeño duende -. Tráeme la flor que se llama “Suspiro”. El jugo de esa pequeña flor morada, cuando se pone en los ojos de los que duermen, hace que al despertar se enamoren del primer ser vivo que vean. Pondré algunas gotas del jugo de esa flor en los ojos de mi Titania, y cuando despierte, se enamorará de lo primero que vea, ya sea un león, un oso, un lobo, un toro, un chango latoso o un mono travieso.

Mientras Robin iba a cumplir con el encargo de Oberón, Demetrio pasó por aquel claro del bosque, seguido de la pobre Helena, que le decía cuánto lo amaba y le recordaba todas sus promesas; pero él le respondió que ya no la quería, que nunca podría amarla y que sus promesas no significaban nada. Oberón sintió pena por la pobre Helena, así que cuando Robin volvió con la flor, le ordenó que siguiera a Demetrio y pusiera un poco del jugo en sus ojos, para que, al despertar, se enamorara de Helena tanto como ella lo amaba a él. Robin se marchó por el bosque en busca de Demetrio, pero al que encontró fue a Lisandro; le puso en los ojos el jugo de la flor, pero cuando Lisandro despertó, a la primera que vio no fue a Hermia, sino a Helena, que vagaba por el bosque en busca del cruel Demetrio. En cuanto la vio, se enamoró de ella y así el hechizo de la flor lo hizo abandonar a Hermia para seguir a Helena.

Cuando Hermia despertó, se encontró con que Lisandro ya no estaba y vagó por el bosque tratando de encontrarlo. Robin volvió con Oberón para contarle lo que había hecho y pronto, Oberón descubrió que Robin había cometido un error. Oberón fue en busca de Demetrio y cuando lo encontró, le puso unas gotas del jugo en los ojos. Lo primero que Demetrio vio al despertar fue a Helena. Así que ahora, tanto Lisandro como Demetrio seguían a Helena por el bosque, y era el turno de Hermia de seguir a su amor, como Helena lo había hecho antes. La cuestión es que Helena y Hermia comenzaron a discutir y Demetrio y Lisandro empezaron a pelear. Oberón se apenó mucho al ver que sus buenas intenciones de ayudar a aquellos enamorados habían terminado mal, por lo que le dijo a Robin:



- Estos dos jóvenes van a pelear. Debes envolver la noche en un manto de niebla y separarlos de tal modo que ninguno encuentre al otro. Cuando se cansen, se dormirán. Entonces pon en los ojos de Lisandro el jugo de estas otras hierbas. Así se le pasará el efecto de la flor y volverá su amor por Hermia. De esta forma, cada hombre tendrá a la mujer le ama y todos pensarán que esto fue sólo un sueño de una noche de verano y todo estará bien entre ellos.

Robin fue a hace rlo que le ordenaron y cuando los dos combatientes se quedaron dormidos sin haber podido encontrarse, Robin puso las gotas de las hierbas en los ojos de Lisandro y dijo:

“Al despertar, con fascinación
Los ojos de Hermia encontrarás:
Renacerá la antigua emoción
Y como nunca la adorarás”

Mientras tanto, Oberón encontró a Titania dormida en un campo donde crecía tomillo silvestre, prímulas y violetas, madreselvas, rosas del bosque y escaramujos. Ahí, Titania dormía siempre parte de la noche, envuelta en una piel de serpiente esmaltada. Oberón se inclinó sobre ella y le puso el jugo de la flor en los ojos, al tiempo que decía:

“Cuando abras los ojos, despertarás
Y lo primero que veas por tu amor tomarás”

Resulto que lo primero que Titania vio al despertar fue a un tonto payaso que era parte de un grupo de actores que habían ido al bosque a ensayar una obra. Este payaso se había encontrado con Robbin, que le había puesto la cabeza de un burro sobre sus hombros, de modo que pareciera que era la suya. En cuanto Titania despertó y vio a ese espantoso monstruo dijo:



- ¿Qué ángel es este? ¿Eres tan sabio como hermoso?

- Me basta con ser lo bastante sabio para encontrar el camino y marcharme de este bosque - respondió el tonto payaso.

- No quieras marcharte del bosque – le dijo Titania.

Estaba por completo bajo el hecho de amor de la flor, por lo que a ella le parecía la criatura más hermosa del mundo.

- Te amo – le dijo -. Ven conmigo y haré que las hadas te atiendas.

Llamó a cuatro hadas, que se llamaban Flordeguisante, Telaraña, Polilla y Mostaza

- Deben de atender a este caballero –les dijo la reina -. Aliméntenlo con albaricoques y frambuesas, uvas moradas, verdes higos y moras. Roben el saco de miel a los abejorros y con las alas de coloridas mariposas abaniquen los rayos de luna de sus cansados ojos.

- Así lo haré – respondió una de las hadas, y las demás dijeron lo mismo

- Ahora – siéntate conmigo – le dijo la reina al payaso – y déjame acariciar tus queridas mejillas, poner rosas en tu delicada y suave cabeza y besar tus hermosas y largas orejas, mi dulce alegría.

- ¿Dónde está Flordeguisante? – preguntó el payaso con la cabeza de burro. No le interesaba mucho el amor de la reina, pero estaba muy orgulloso de tener hadas que le atendieran.

- Aquí – dijo Flordeguisante.

- Ráscame la cabeza, Flordeguisante – le dijo el payaso -. ¿Dónde está Telaraña?

- Aquí – respondió Telaraña.

- Mátame al abejorro rojo que está sobre aquel cardo de allá – le dijo el payaso – y tráeme su bolsa de miel. ¿Dónde está Mostaza?

- Aquí – dijo Mostaza.

- ¡Oh! No quiero nada – dijo el payaso -, sólo ayúdale a Flordeguisante a rascarme- Tengo que ir al barbero porque creo que estoy sumamente peludo de la cara.

- ¿Quieres algo de comer? – le preguntó la reina de las hadas.

- Me gustaría un poco de avena seca – respondió el payaso, porque al tener puesta la cabeza de burro le había entrado el antojo de comida de burro – y luego un poco de paja.

- ¿Quieres que alguna de mis hadas te traiga nueces nuevas de la casa de las ardillas? – le preguntó la reina.

- Preferiría un puñado o dos de buenos guisantes secos – aseguró el Payaso -. Pero, por favor , no dejes que tus súbditos me molesten porque voy a dormir.

- Y yo velaré tu sueño teniéndote entre mis brazos – declaró la reina.

Así, cuando Oberón llegó, encontró a su hermosa reina dando besos y alabanzas a un payaso con cabeza de un burro. Antes de liberarla del encantamiento, la convenció de darle al niño indio por el que se peleaban. Luego se apiadó de ella y le arrojó a los ojos un poco del jugo de las hierbas del desencanto; en ese instante, la reina vio con claridad al payaso con cabeza de burro al que había estado acariciando y se dio cuenta de lo tonta que había sido.

Oberón le quitó al payaso la cabeza del burro y lo dejó seguir durmiendo con su propia y tonta cabeza entre el tomillo y las violetas.

Así , todo volvió a la normalidad. Oberón y Titania se amaban más que nunca. Demetrio sólo pensaba en Helena y Helena nunca había querido a nadie más que a él.

En cuanto a Hermia y Lisandro, eran la pareja más enamorada de la comarca, incluido el bosque de las hadas.

Así, los cuatro mortales volvieron a Atenas y se casaron. Y hasta la fecha, en el bosque de las hadas, el rey y la reina siguen viviendo juntos y felices.

jueves, 28 de octubre de 2010

Leyendas de Hadas




Las buenas hadas
de Julia de Asensi



La pobre Micaela se había quedado viuda siendo muy joven y con escasísimos recursos. Gracias a la caridad de una vecina, que cuidaba a su único hijo de edad de cuatro años, había podido ponerse a servir, pero aquella excelente mujer había muerto poco después y la viuda se vio obligada a llevarse a su niño, perdiendo por esto la colocación que tenía.

Allá, en una pequeña aldea donde había nacido, vivían algunos parientes suyos, los unos ricos, pero avaros; los otros en tan triste situación como ella. A fuerza de economías había reunido lo necesario para pagar el viaje y se puso en camino con su hijo, del que no se quería separar.

Poco se acordaban en el pueblo de la viuda y la recibieron con desvío o con frialdad. Ella tenía a su Félix para consolarse, porque el muchacho era dócil y bueno y adoraba a su madre. La pobre mujer alquiló un cuarto muy pequeño, con dos habitaciones únicamente, y se dedicó a coser y a planchar, reuniendo una parroquia muy reducida aunque trabajaba bien y se hacía pagar poco, mucho menos que las otras costureras y planchadoras del lugar.

Había arreglado pronto su casa, porque no tenía apenas muebles, pero éstos eran limpios y no de mal gusto, por lo que Félix no pudo darse cuenta al principio de los sacrificios que la madre se imponía para que el niño no viviese peor que los demás de su clase.

No iba a la escuela, pero tampoco bajaba a jugar a la calle, viendo ésta desde su ventana adornada con unas cortinas de percal, dos tiestos, con claveles el uno y geranios el otro, y una jaula con un pájaro.

Félix quería mucho a aquel jilguero que, sabiendo su afición a los pájaros, le había llevado un día su madre. Estaba encerrado en una pobre jaula que el inquilino que había ocupado antes que ellos el modesto cuartito, había dejado abandonada. Era de madera y alambre, muy tosca, muy vieja y muy sucia, pero al muchacho, que no había tenido nada mejor, le parecía buena. La dificultad principal para el niño era el dar de comer al pajarito por la imposibilidad en que se hallaba de comprarle cañamones o alpiste. Le mantenía con miguitas de pan, no siempre tierno, y unas hojas de escarola que pedía de vez en cuando a una verdulera parienta suya. El jilguero conocía bien a su dueño y le saludaba con su alegre canto, más melodioso desde que tenía por vecinos a dos canarios. La casa que había en frente de la que habitaba Micaela era un bello edificio bastante antiguo, de severa fachada, anchos balcones en el piso principal, ventanas en el segundo y en el bajo y en el centro de éste una gran puerta con marco de piedra y sobre ella un escudo de armas.

Durante mucho tiempo aquella casa había permanecido cerrada y desde hacía pocos días la ocupaba una ilustre señora, viuda de un duque y madre de dos niñas. Los canarios pertenecían a éstas. Apenas si conocían en el pueblo a la madre y a las hijas, las creían altivas y dichosas en su soledad, poco dispuestas a procurar el bien de aquellas gentes que casi en total dependían de ellas, ya porque las casas que ocupaban fuesen propiedad suya, o porque tuviesen arrendadas tierras que les pertenecían de igual modo. Félix estaba muchas veces asomado a la única ventana de su casa; pero en cuanto veía en los balcones de en frente a alguna de las niñas, su natural timidez le obligaba a ocultarse.

Llegó una temporada muy mala para la pobre Micaela, que no encontró trabajo, y la infeliz tuvo que pedir limosna para mantenerse ella y dar de comer a su hijo. Hubo un día en que no tuvieron más que un pedazo de pan. La madre dio la mayor parte de él al niño, que la comió con avidez. Pero aun no lo había comido todo cuando Félix se acordó de su jilguero. El pobre no había tomado nada desde la víspera y al muchacho le parecía más triste aquella tarde el canto de su pájaro.

- ¿Tendrá bastante con esta miga hasta mañana? se preguntó.

No le dio más que la mitad de lo que le había destinado y se comió el resto, porque él también tenía mucha hambre.

A la mañana siguiente llevó Micaela un pedazo de pan todavía más pequeño y la lucha que sostuvo Félix para dar a su jilguero una parte de lo que él debía comerse fue todavía mayor.

- Madre, dijo -y sus ojos se llenaron de lagrimas-, mi jilguero está triste y se me va a morir.
- Sí, niño mío, contestó Micaela, pero él encontrará alimento mejor que tú. Déjale en libertad, que en el campo no falta nunca algo que mantiene a los pájaros. Hay frutas maduras, hay granos de trigo, hay insectos...
- Pero yo no veré más a mi jilguero, que se olvidará de mí.
- Si prefieres que se muera de hambre...

Aquel día dieron a Micaela un plato de patatas guisadas que ella y su hijo comieron, pero el pájaro no las quiso probar.

Al llegar la tarde, Félix se asomó llevando en la mano la jaula que encerraba al jilguero. Le sacó, le dio muchos besos, le puso con cuidado en la ventana, y sin ver lo que el pájaro hacía, porque el llanto obscurecía su vista, se metió precipitadamente en su cuarto, sintiendo la primera pena, para la que no hallaba consuelo. Cuando se calmó un tanto, volvió a asomarse y vio que el jilguero había desaparecido.

- Ya habrá comido algo, murmuró, al menos él no se morirá de hambre.

Los tiempos malos seguían y en balde buscaba Micaela una colocación. Ella se contentaba con poco; si tuviese dos o tres duros habría podido comprar cintas, hilos, botones y otros objetos para venderlos en el pueblo y sus alrededores. Todo era empezar y no dudaba que lograría reunir una buena parroquia, porque le bastaría una pequeña ganancia. Sus parientes no quisieron prestarle aquella insignificante cantidad por temor de que no se la devolviera.

Una mañana, al levantarse Félix, vio que por debajo de la puerta de su casa habían echado un pliego encerrado en un sobre. Se lo llevó a su madre, que sacó de él un papel color de rosa.

- ¿Qué pone ahí? preguntó el niño.

Y Micaela leyó lo siguiente:

«Las hadas Esmeralda y Turquesa, más conocidas por las buenas hadas, queriendo dejar un recuerdo a los niños de este pueblo de su paso por él, les ruegan que escriban lo que desean antes del 1.º de junio y depositen sus peticiones en el hueco del tronco de la encina que hay a la entrada del campo. El 6 del mes citado recibirán la contestación. No se admitirá ningún pliego que vaya sin firmar.»

- ¡Madre, madre! exclamó el niño con júbilo, escribe por mí, puesto que yo no sé, y pon al pie de lo escrito mi nombre.
- Pero, hijo ¿tú crees que esto es verdad? preguntó Micaela.
- Sí, sí lo es, escribe.
- ¡Pero si no tengo papel ni tinta!
- No importa, en el mismo pliego de las hadas escribe con lápiz.

La viuda riendo al ver la alegría de su hijo se dispuso a escribir y él dictó estas palabras:

«Señoras hadas: muy agradecido a sus bondades, les pido que den a mi madre, a la que tanto quiero, cinco duros, o aunque sea menos, para comprar algunas cosas que necesita para venderlas por los pueblos, pues somos muy pobres y hay días en que apenas tenemos que comer. Les pido además que me devuelvan mi jilguero, al que también quiero mucho. Que no desoigan estos ruegos les suplica Félix Martínez.»

- Ahora, madre, dijo el niño, dame la carta y la llevaré sin perder tiempo.

Y echó a correr, sin descansar hasta que llegó al campo. Allí, a la entrada, estaba la encina con un profundo hueco en su tronco, en el que no habían puesto nada todavía. Félix dejó su petición y se alejó lleno de esperanzas. Pocos días después las buenas hadas contestaron del mismo modo que habían escrito antes, citando a los niños del pueblo en el jardín de casa de la duquesa, que se extendía por detrás del edificio. La hora señalada era las ocho de la noche.

Apenas sonó la primera campanada en el reloj de la iglesia, se abrió la puerta del jardín y por ella penetraron los niños y no pocos hombres y mujeres, entre éstas Micaela. Ni un sólo muchacho había dejado de acudir. Guiados por un criado de la señora, llegaron a una gran plazoleta en cuyo centro había una mesa y dos sillones.

Farolitos y vasos de colores perfectamente combinados, iluminaban aquel pasaje en el que se veían árboles frondosos, perfumadas flores y cristalinas fuentes. Allá, a lo lejos, se oía una música dulcísima y poco después se presentaron varios criados seguidos de las hadas

Eran muy bellas, de corta estatura, con hermosos cabellos adornados con ricas diademas de oro cubiertas de pedrería; llevaba en el centro la una, una gran esmeralda y la otra una enorme turquesa. Sus vestidos largos estaban bordados de plata y un finísimo velo de tul les caía hasta los pies calzados con preciosos zapatos.

Las dos, con majestuoso ademán, tomaron asiento y los criados fueron colocando en la mesa, en bandejas cubiertas, los lotes que ellas iban pidiendo. Había de todo: la muñeca soñada por una niña pobre, el caballo de cartón que deseaba un pequeñuelo, el vestido de seda para otra muchacha, los dulces para un goloso, las armas para un futuro militar...

Ellos lo recibían con gritos de admiración y de alegría, que parecían divertir mucho a las hadas.

El lote de Félix fue el último. El hada Turquesa entregó al niño un billete de banco y el hada Esmeralda el jilguero encerrado en una jaula bonita y elegante. Sí, era el mismo, no cabía duda, le hubiera conocido entre mil. Félix agradecido, se arrodilló a los pies de las hadas y besó con entusiasmo sus delicadas manos.

Micaela lloraba al ver colmados sus deseos con una cantidad mucho mayor que la pedida por su hijo. Después del reparto, los muchachos fueron obsequiados con dulces y con vino, saliendo todos muy satisfechos del jardín.

A la mañana siguiente los niños creían haber soñado, en particular Félix que veía a su madre contenta y oía cantar a su jilguero. Micaela comprendió que el pájaro al volar se había parado en la casa de en frente junto a las jaulas de los dos canarios y que se había dejado coger con facilidad; pero Félix no lo quería creer y no hubo medio de que viera que las buenas hadas pudieran ser sus vecinas las hijas de la duquesa. Éstas partieron en seguida de allí y no regresaron al pueblo.

Todos los años el 1.º de junio fueron los niños a echar sus cartas en el hueco del tronco de la encina, pero no volvieron recibir los preciosos dones del hada Turquesa y del hada Esmeralda. En cambio, el administrador de la buena señora y de sus hijas siguió cobrando muy barato los alquileres de las casas y de las tierras que habían arrendado y por orden de sus amas fundó una escuela en la que los niños, terminada la primera enseñanza, podían aprender un oficio.

Félix, uno de los más aplicados, logró al cabo de algunos años, ser el sostén de su madre, pagando de este modo el cariño y los desvelos que la pobre viuda había tenido siempre para él.

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martes, 21 de septiembre de 2010

Leyendas de Hadas










Oír crecer la hierba

Ya os habréis fijado en que algunas hadas y duendes lucen unas bonitas orejas puntiagudas y, tal vez, os hayáis preguntado el porqué.

Bien, pues eso es así, porque solo los portadores de ese tipo de orejas, son capaces de oír crecer la hierba y de escuchar lo que las raíces más hondas de los árboles y plantas tienen que decir.

Es un trabajo muy importante que exige mucho esfuerzo y dedicación.

Cuando la hierba es escasa y hay pequeños animalitos que alimentar, las hadas siempre saben dónde van a brotar tallos tiernos, porque pueden oír como empiezan a salir de sus semillas y están a punto para asomar sobre la tierra.

Y si un árbol enferma, las hadas también saben decirle hacia dónde dirigir sus raíces para encontrar el agua o el especial alimento que necesite para recuperar la lozanía.

Ya podéis suponer lo importante que es tener cerca un hada de orejas puntiagudas en tiempos de necesidad.

Claro que las hadas, ni aún las que hacen esas cosas extraordinarias, pueden cambiar el curso completo de la vida, pero no estaría mal tener una bien cerca cuando no sabemos en qué dirección está la mejor parte de nuestro particular destino.





Las Hadas del Aire

Las Faeries, o las Hadas del Aire, son las hadas más conocidas de todo el reino mágico, a pesar de que existen muchos grupos de hadas cada una perteneciente a un elemento, parece ser que las leyendas se centran más en este elemento particular.

Estas Hadas acostumbran a vivir en los bosques, arroyos, cuevas e incluso pueden habitar en un tronco hueco de un viejo árbol, como la mayoría acostumbran a salir de noche, e intervienen directamente en todo el desarrollo de las flores, de las que representan su aroma, su color e incluso su forma.

Ellas viven en un Universo paralelo, y se dice que jamás envejecen, aunque los expertos en hadas creen que su vida es de 1.000 años, y que luego simplemente desaparecen.

Son extremadamente bellas, y tienen un gran parecido con las doncellas humanas. Pero es fácil distinguirlas porque no en todo se parecen a nuestro género, la mayoría de las hadas poseen las orejas puntiagudas al igual que los Elfos, su piel acostumbra a tomar los colores de acuerdo al entorno en el cual viven, por ello estas hadas pueden ser traslucidas. Sus largos cabellos son irisados, y generalmente suelen vestirse con ropas muy sutiles, tipo gasas o muselinas. Se las puede detectar por el aroma a flores que dejan a su paso, especialmente a rosas, flor que adoran, este perfume persiste durante bastante rato después de que hayan desaparecido.

Como todas las hadas aman la música, y les encanta cantar, son muy sociables y gustan de estar acompañadas. A diferencia de otros grupos de Hadas, las Hadas del Aire tienen una reina que las dirige y gobierna, en este punto no hay una identidad generalizada, ya que para el pueblo celta, la Reina de las Hadas es Maeve, en tanto que para Shakespeare su reina es Titania, de igual modo que Oberón es el rey de los Duendes, Elfos y otros seres mágicos.

Estás hadas han estado siempre muy cerca del Ser Humano, participando activamente en su ayuda y protección, debido a sus muchos poderes benéficos, aunque a veces ha habido conocimiento de algunas Hadas de carácter maléfico, estas han estado en minoría.



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sábado, 14 de agosto de 2010

Leyendas de Hadas











Leyendas de Hadas


El árbol de las lágrimas

Dicen los que saben, que las hadas también lloran, aunque no lo hacen como los humanos.




El llanto de las hadas no se pierde en los pañuelos, ni se evapora en el aire.





Dicen que cuando lloran de alegría, sus lágrimas se convierten endiminutas cuentas de colores brillantes y que las hadas hacen con ellas pequeñas joyas: collares, pendientes y colgantes con los que adornarse y que siempre las llevan puestas para recordar el motivo feliz que las provocó, pero si su llanto es de dolor, es distinto su destino.






Dicen que cuando los antiguos espíritus del bosque oyen a las hadas llorar de pena, desde el mismo corazón de la tierra hacen brotar un árbol frondoso, azul y brillante como el cristal y cada lágrima de hada se transforma en una hoja nueva prendida a sus ramas que crecen y crecen.



Las hadas han derramado muchas lágrimas por todos los niños que nunca las conocerán porque les cortaron el camino de la vida el hambre, el frío o el terror. Y saben que el Árbol nunca dejará de crecer, que nunca cesará la violencia ni la injusticia pero se consuelan teniendo un lugar tan especial donde guardar su pena, porque un árbol crece hacia las alturas y la luz.


Hacia donde la paz siempre es posible

***




Las hadas de los pájaros


Cuando llega el frío al bosque los pájaros corren grandes peligros. No hay mucha comida y tienen que hacer largos recorridos para encontrarla. Tan largos que algunos se pierden, o caen agotados al suelo, sin fuerzas para seguir volando.


Es por eso que, en este tiempo invernal, las Hadas se preocupan mucho por ellos y cuando el sol empieza a ocultarse, recorren los bosques y las orillas de los lagos en busca de pajaritos perdidos o cansados para darles cobijo.


Pero hay un Hada, a quien las mamá pájaro quieren de forma especial, porque siempre está dispuesta a cuidar de los pequeños mientras los mayores buscan el alimento que necesitan.



Ella los acomoda entre sus cabellos, adornados con flores y pequeñas ramas, y deja que duerman o que jueguen hasta que sus papás regresan. Y si, por alguna desgracia, no lo hacen, cuida de ellos hasta que son lo bastante mayores para cuidarse por sí mismos.



Es mucho trabajo, pero nunca, nunca, el Hada se ha quejado.



No estoy segura de cuál es su nombre, pero los pájaros la llaman Alita.



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viernes, 25 de junio de 2010

Leyendas de Hadas










Leyenda Asturiana


En una aldea asturiana, vivió, hace mucho tiempo, un rico labrador, viudo desde hacía años, que tenía dos hijas, pero para quien sólo contaba una Inés, que nunca se atrevió a contradecir a su padre y se casó con el novio que éste le había designado.

No pasó lo mismo con Clara, su otra hija, que a la hora de contraer matrimonio, eligió con el corazón y provocó tanta ira en su padre, que la desheredó y le prohibió acercarse a la casa donde había nacido. Clara y su esposo vivían pasando mucha necesidad y aunque Inés deseaba ayudar a su hermana, el temor a su padre le impedía hacerlo.

Cuándo el labrador murió, Inés intentó de nuevo favorecer a Clara de alguna manera pero ésta vez fue su marido quien se lo impedía. Se desesperaba viendo la pobreza de su hermana y no veía modo de remediarlo.

El día que se celebraba la misa por el alma de su difunto padre, rogó Inés con toda su alma para que Dios le permitiera encontrar la manera de favorecer a Clara y en eso estaba cuando de pronto sintió un gran peso sobre su cabeza. Levantó la mano y una mariposa se elevó en el aire. No pudo creer que fuera el pequeño insecto el que provocaba aquella sensación hasta que el fenómeno se repitió varias veces




Al acabar la misa, le contó a su marido lo que le había pasado pero éste no le hizo el menor caso, creyendo que habrían sido alucinaciones. Sin embargo, a los pocos pasos fue el marido quien levantaba la mano hacia su cabeza por el gran peso que sentía sobre ella y quien veía elevarse una mariposa ante sus ojos.

La mariposa estaba constantemente presionando la cabeza de uno u otro de los esposos hasta que Inés insistió tanto en que era una señal que se les enviaba para que ayudaran a Clara, que su marido accedió a repartir la cuantiosa herencia de su suegro con sus cuñados.

Así se hizo y ya restablecidos cariñosamente los lazos entre las dos familias, vieron una mariposa revolotear alegremente ante ellos y luego volar muy alto, muy alto

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